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La tragedia mexiquense

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Durante el último siglo los administradores del Estado de México han mantenido año con año un indicador nada envidiable para cualquier gobierno, medio millón de analfabetas. El censo del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) realizado en el año 1910, detectó que 525 mil 108 mexiquenses, mayores de diez años, no sabían leer ni escribir, era el grueso de la población.

 

Un siglo después, año 2014, siguen sin poder hacerlo 466 mil 67 personas mayores de 15 años, las cuales aunque representan al 3.5% de dicho sector poblacional, en números absolutos siguen siendo casi medio millón de mexiquenses sin saber leer y escribir.

Carencia que inevitablemente a cualquier persona la encadena a la pobreza, marginación y en automático la relega y excluye de la sociedad, es la tragedia mexiquense.

Difícil de comprender por qué los ex gobernadores Isidro Fabela (1942-1945) y Alfredo del Mazo Vélez (1945-1961), hasta Emilio Chuayffet Chemor (1993-1995), hoy titular de la Secretaría de Educación y Enrique Peña Nieto (2005-2011), Presidente de la República,  no hicieron nada extraordinario para alfabetizar a miles de sus paisanos o simplemente impedir que en sus administraciones más adolescentes se siguieran sumando al ejército de analfabetas.

Incapacidad gubernamental para detener y solucionar el problema que se sumó a la de directivos de la Secretaría de Educación estatal y federal, pues no lograron diseñar y articular una política educativa que enfrentara de forma eficaz el analfabetismo.

Los Censo del INEGI muestran como a partir de la década de los sesentas, sexenio de Gustavo Baz Prada,  el crecimiento de la población en la entidad fue acelerado y extraordinario, y el número de analfabetas se incrementó de 502 mil 190 a 617 mil 129 a principios de los setentas.

Para los ochentas el índice de analfabetismo mostró una disminución porcentual sustancial pues pasó de 13.62 a 9.01 por ciento, no porque se haya hecho algo extraordinario para atajar el problema, sino porque se modificó el rango de edad para que una persona entrara en ese estatus, es decir en 1980 el INEGI sólo censo a los mayores de 15 años que admitieran no saber leer y escribir, es decir dejó de contar a los niños analfabetas mexiquenses que tenías más de diez años, como se había hecho en todos los censos anteriores.

En las últimas seis décadas el Estado de México registró un vertiginoso aumento de alumnos y de presupuesto asignado para el sector, pues prácticamente más de una tercera parte se ha destinado a la educación,  aunque los “altos” funcionarios siguieron cometiendo los mismos errores:

No haber implementado planes de trabajo eficaces para impedir la deserción escolar; así como no haber captado y arropado a niños y adolescentes, potenciales estudiantes, que deambulan en las calles o están en sus hogares esperando algo o alguien, y no habilitaron un esquema permanente y viable para llevar a las zonas más alejadas de la entidad la lectura y escritura.

Los recuentos del INEGI son duros, fríos y reales, el Censo de 1960 confirmó lo que en ese momento ya se sentía e incluso respiraba en la misma sociedad “moderna”,  502 mil 190 habitantes del Estado de México mayores de diez años, no contaban con el conocimiento de la lectura y escritura.

Diez años después, Censo de 1970, el problema no había disminuido, sino todo lo contrario, se había agudizado pues el número de analfabetas había llegado a 617 mil 726 habitantes, los cuales al no poder potencializar sus capacidades intelectuales por su carencia de lectura y escritura, se empezaron a replegar y ubicar a la orilla de todo y de todos.

Lo anterior, para sólo ver pasar muy lentamente el desarrollo y crecimiento, en mayor o menor medida, de algunos integrantes de la sociedad mexiquense.

Esos adolescentes, jóvenes, adultos e integrantes de la tercera edad, en su gran mayoría mujeres,  se empezaron a convertir en los mexiquenses “invisibles”.

No sólo porque los miembros de la sociedad en su conjunto, los ha logrado ignorar, sino porque sus mismas circunstancias, así como el desconocimiento de sus derechos y la obligación que tiene el gobierno con su causa que es aprender  a leer y escribir, los colocaron al final de los programas  de los presupuestos estatales.

Los analfabetas mexiquenses todo el tiempo  han permanecido invisibles, prueba de ello es que nunca han sido contemplados de manera seria en algún programa educativo estatal y federal; ni tampoco se ha destinado presupuesto estatal extraordinario para poder atenderlos en el entendido que su caso es una emergencia personal, pero también social.

El casi medio millón de analfabetas que se han mantenido durante un siglo en el Estado de México, ha optado por callar y contemplar el paso del tiempo.

Para Silvia Schmelkes y Judith Kalman, autoras del libro “La Educación de Adultos: Estado del Arte: Hacia una Estrategia Alfabetizadora para México”, la obligación de alfabetizar corresponde en su totalidad al estado y si lograra cumplir esta premisa, podría “contribuir a romper la cultura del silencio y abrir nuevas avenidas de transformación”.

“Alfabetizarse debe ser considerado como un derecho fundamental de todo ser humano. A este derecho corresponde una obligación del Estado: la de asegurarlo. La alfabetización es un derecho humano porque es condición para conocer y hacer valer los demás derechos humanos”, precisan las autoras.

Añaden que “el proceso de hacer valer los derechos humanos fundamentales es condición del éxito de los programas de alfabetización de adultos. En la práctica, esto significa que la alfabetización debe vincularse con los procesos de transformación en las condiciones de vida de los adultos analfabetas. Ello implica que, en lugar de seguir privilegiando la estrategia alfabetizadora aislada, es necesario priorizar las actividades alfabetizadoras que acompañen otros múltiples procesos de transformación social”, concluyen.

Para el inició de la década de los ochentas, personal del INEGI volvió a recorrer todos los rincones del Estado de México, contó a su población y nuevamente ratificó que el reloj de 569 mil 298 mexiquenses seguía detenido, pues no sabían leer ni escribir.

Diez años después los analfabetas ya no sólo se les encontraba en las zonas rurales, sino habían llegado a los principales centros urbanos del territorio estatal y sumaban 543 mil 528 mexiquenses, los cuales representaba el 9 por ciento de la población mayor 15 años que para ese momento ascendía a 6 millones 31 mil 182 personas.

En 1995 los mexiquenses mayores de quince años eran 7 millones 591 mil 679, de los cuales  538 mil 211, enfrentaban el problema de no saber leer ni escribir, cifra que representó en ese momento al siete por ciento de dicho sector poblacional.

Al iniciar el siglo XXI la entidad registró 529 mil 939 analfabetas, lo que representó el 6.4 por ciento de la población total mayor de 15 años; ya en el 2005 el número había disminuido ligeramente a 491 mil 127, es decir el 5.3 por ciento de la población que para ese entonces era 9.2 millones del referido rango de edad.

El INEGI en el 2010 logró censar a 466 mil 067 personas que no habían desarrollado sus habilidades de lectura y escritura; en el presente año la meta del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos (INEA), es disminuir la cifra a 421 mil 551 analfabetas.

 

Mexiquenses “invisibles” de carne y hueso

Los mexiquenses “invisibles” han subsistido a lo largo de las últimas décadas, han logrado sobrevivir sin contar con algo tan elemental como es la escritura y la lectura; se han adaptado a la época de la información, aunque su posición dentro de la sociedad es en la orilla, es al final de todo y de todos; los analfabetas han sido orillados a estacionarse en el tiempo, a permanecer callados.

Aunque su presencia física se siente en todas partes, en los cruceros de las principales avenidas de la entidad, vendiendo todo tipo de mercancías, pidiendo limosna, limpiando parabrisas; también están participando en la creación de infraestructura pública y privada y desde siempre se les ha visto en el campo y al interior de algunos hogares apoyando en labores domésticas.

“Soy capaz, creo que tengo una mentalidad de buena gente; si me hubieran dado chance de estudiar hubiera hecho algo de mi vida, algo bueno porque yo soy bueno”, asegura Samuel Arrollo Morales de 55 años y origen otomí que se desempeña lavando coches en la zona centro de la ciudad de Toluca.

Oriundo de la comunidad La Cañada del municipio de Temoaya, el señor Arrollo Morales recuerda que alguna vez sí pisó el aula de escuela de su comunidad, aunque no sabe con certeza por qué dejó de asistir y por qué no aprendió a leer ni a escribir, al cerrar la frase sus ojos se cristalizan, no por su carencia, sino porque su infancia no le trae muy buenos recuerdos.

“Estuve en primero de primaria, sí estuve, pero no recuerdo por qué dejé de ir. Es probable, a lo mejor, porque mi jefa no tenía dinero, y luego porque murió, me quedé solo desde muy chico”, precisó.

Al igual que miles de mexiquenses, en su adolescencia, juventud y madurez, Samuel intentó retomar el lápiz, cuaderno y libro, pero no consiguió aprender a leer y escribir al cien por ciento, probablemente porque su prioridad ya era otra, la de trabajar para poder subsistir.

“También estuve en el Distrito Federal, en la zona del Centro, muy cerca del cine Teresa. Viví muchos años en el patio de un estacionamiento y ahí unas monjas me enseñaron lo primero, lo más elemental que para mí era hablar bien español, porque yo hablo otomí, antes por ejemplo decía lune y ellas me enseñaron que es lunes. Con ellas aprendí a hablar bien el español, pero no a escribir ni leer”,  reconoció.

Un escenario similar es el que vivió Ignacio Sánchez Ortega de 80 años, oriundo de la comunidad de San Luis Santo del municipio de Villa Victoria, aunque desde los 16 años se convirtió en vecino de la comunidad San Nicolás Tolentino, al norte de la ciudad de Toluca.

“No sé leer nada, menos escribir, para que voy a mentir y tratar de presumir, la verdad no lo sé hacer”, dijo el señor Sánchez Ortega.

Con cariño recuerda a su maestro de primero de primaria en la escuela de San Luis Santo, pues hacia un gran esfuerzo al venir desde Valle de Bravo sólo para darles clase, “era bueno pero uno de chamaco anda en el relajo, anda en las canicas y no se me dio la escuela”, confesó.

Como miles de analfabetas la vida laboral de don Ignacio inició a muy temprana edad, se desempeñó en el campo, de lechero, chofer, policía y por un periodo de 18 años hasta de asistente de la ex alcaldesa Yolanda Sentíes de Ballesteros.

“Trabajé como lechero en el Rancho de Canaleja, viajaba a Guerrero y Querétaro; también estuve con Yolanda Sentíes de Ballesteros, Felipe Chávez y Carlos Hank  González, fueron mis patrones con ellos estuve unos 18 años”, precisó.

Don Ignacio quien confiesa siempre estar atento a las telenovelas, las caricaturas (que observan sus nietos)  y noticias que pasan por los canales de Televisa,  explicó que pese a su carencia de lectura y escritura, pudo trabajar como chofer y conducir todo tipo de vehículos, por lo que siempre se hizo acompañar por alguien que sí supiera leer y escribir.

“Como salía a los pueblos en la camión de redilas o de maroma  para recoger el tabique rojo y tabicón. Cuando iba al DF siempre llevaba a un machetero que sabía leer y ese era el que me iba dirigiendo; cuando se trataba de firmar algún documento ellos  –ayudantes–  lo hacían, pero si era muy necesario pues plasmaba mi huella,  y cuando me paraban las patrullas nada más les daba el saludo con dos pesitos”, recuerdo que le arranca una sonrisa.

El señor Ignacio Sánchez se trazó como una de sus metas que ninguno de sus nueve descendientes, careciera del conocimiento que se brinda en las escuelas, por lo que dejó en claro que todos saben leer y escribir e incluso uno de sus hijos llegó a ser maestro.

 

En zonas urbanas se concentra la mayor cantidad de analfabetas  

De acuerdo a los datos del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos (INEA), el mayor número de analfabetas mexiquenses se ubican en municipios como Ecatepec que registra 34 mil 982, Nezahualcóyotl 27 mil 838, Naucalpan 21 mil 215, Tlalnepantla 15 mil 923, Chimalhuacán 16 mil 349, Atizapan de Zaragoza 10 mil 278,  Valle de Chalco 11 mil 523, Tultitlan 7 mil 600 y Cuautitlán Izcalli 6 mil 512.

Localidades urbanas donde habitan miles de personas mayores de 15 años que no saben leer ni escribir, aunque en relación a su población total, el porcentaje de analfabetas en dichos municipios se coloca entre el 1.54 al 4.2% del referido sector poblacional.

Indicador porcentual que se dispara drásticamente en municipios rurales, ya que al comparar su población total con el número de analfabetas, se puede confirmar que aunque Luvianos tiene 3 mil 648 personas en este estatus, dicha cantidad representa al 18.18% de su población mayor de 15 años.

La crisis de conocimiento en materia de lectura y escritura en Sultepec afecta a 3 mil 468 personas que representan un 16.90%;  los 3 mil 463 analfabetas de Donato Guerra son el 16.85% de la población y en San José del Rincón hay 9 mil 263 mexiquenses que representan al 16.78%.

Estadísticas del INEGI confirman que la “maquinaria” que genera año con año tal cantidad de analfabetas en zonas urbanas y rurales  del territorio mexiquense, no ha dejado de funcionar durante las últimos sexenios.

Y aunque el gobierno federal y en menor medida el estatal, han tratado por una u otra vía detener la “maquina” generadora de analfabetas,  sus “esfuerzos” no han tenido éxito, ya que el  ejército de mexiquenses “invisibles” se robustece cuando algunas de las “víctimas” cumplen 15 años.

Evidentemente la emergencia estatal no ha sido atendida por las autoridades municipales, estatales y federales, seguramente porque nadie alcanza a entender lo que real y verdaderamente representa, afecta e implica para una persona no saber leer ni escribir.

Ante la tragedia intelectual que padecen cada minuto, cada hora, cada día de sus vidas, los 466 mil mexiquenses, y confirmar por varias décadas la ineficacia de las autoridades para solucionar la problemática, la sociedad está obligada a aportar algo y evitar que sigan existiendo mexiquenses “invisibles”.

**Fuente INEA