Esta reconciliación nos deja una moraleja que no puede pasar desapercibida por México: El status quo está a punto de cambiar y el reacomodo y redefinición de relaciones diplomáticas, económicas, comerciales y políticas entre los países latinoamericanos y Estados Unidos está a punto de comenzar.
Han pasado 55 años desde el triunfo de la Revolución Cubana y la anunciada armonía entre Estados Unidos y la Habana sólo acelerará el rápido crecimiento económico de la isla, pero también promete incrementar rápidamente la desigualdad social y las tensiones de clase en Cuba. La isla se verá prontamente inundada por el rápido consumismo norteamericano y empresas norteamericanas buscaran entrar al mercado cubano. Esto, sin embargo, no implica que las condiciones de la población en la isla mejoren significativamente. Surgirán elites favorecidas y menos favorecidas en la distribución de los ingresos, a la usanza de los demás países latinoamericanos.
Sin embargo, entre los aspectos positivos de este acercamiento es la comprobación de que la reconciliación sólo se logra a través del dialogo y de pensar a favor de las mayorías. El dialogo, el consenso y la negociación son la vía para solventar cualquier roce entre naciones, independientemente del tiempo, circunstancias y motivos que ocasionaron tal roce. La decisión de Cuba y Estados Unidos de reanudar sus relaciones diplomáticas, demuestra que el bien de las mayorías debe estar por encima de una ideología o del egoísmo o ambición de sus líderes.
En la práctica del derecho internacional público, Cuba es uno de los países en el denominado Sur, más importante. Cuba ha sabido negociar, convivir y sobrevivir a tan sólo 145 kilómetros de su principal país enemigo. A pesar de esto, Cuba ha sido también un importante país fundador de importantes organizaciones latinoamericanas entre las que destacan la CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños), la ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América) y Petrocaribe. Por otro lado, la economía cubana ha tenido un crecimiento económico sostenido del 3%, por encima de la gran mayoría de los países de la región.
Finalmente, en materia de intercambios internacionales, la isla refleja una presencia importante en 30 de 57 estados africanos en la reciente lucha contra el ébola. Cuba, a pesar de ser un país relativamente pequeño, de haber estado sometido a un embargo comercial por más de 50 años que lo dejaron empobrecido, mantiene aproximadamente 50,000 profesionales de la salud estacionados en diferentes puntos del planeta, y ha sido felicitado constantemente tanto por la ONU como por la Organización Mundial de la Salud. México, por el contrario, a nivel de estado, ha participado escasamente a nivel internacional en situaciones de emergencia humanitaria.
El reacomodo se espera concreto en lo que se relaciona con la correlación de fuerzas en América Latina, existen varios países que han sobresalido por su bueno, malo, o escaso protagonismo como lo es el caso de Argentina, Venezuela, Brasil y México. Lo cierto es que la drástica mejora en las relaciones cubano-norteamericanas pronostica un desafío para la política exterior de México.
La política exterior de México gira en torno a la idea central plasmada en la Doctrina Estrada que favorece una visión cerrada de soberanía. Afirma que gobiernos extranjeros no deberían juzgar (para bien o para mal), gobiernos o cambios en gobiernos de otras naciones, ya que implicaría una violación a su soberanía. Para un país como México, que no es potencia pero tampoco está al margen del quehacer internacional, el sometimiento a las nuevas reglas del juego, incluyendo los procesos de los organismos multilaterales, tiene un valor estratégico.
El nuevo eslogan del Gobierno de Peña Nieto para su política exterior, “México con responsabilidad global” (Plan Nacional de Desarrollo 2013-2018), refleja un poco el entendimiento de las nuevas reglas de juego, a las que la diplomacia mexicana, como la de cualquier otro país, se va a ver expuesta cada vez con mayor frecuencia. Actuar con responsabilidad global es responder a los desafíos multifacéticos y dinámicos que traen consigo la globalización y la situación de México en el mundo globalizado. Significa, sobre todo, diseñar y ejecutar una política exterior acorde a nuestras realidades geopolíticas y nuestros potenciales en un des-orden mundial que se dirige a la “no polaridad”.
En el mundo no polar al que nos dirigimos, la ausencia de centros de gravedad fuertes y estables ya no permiten a México, ni a nadie, situarse estáticamente aquí o allá: ya no podemos ser defensores de un formalismo rígido, basado exclusivamente en los procesos e instituciones establecidos, como lo demanda la diplomacia mexicana tradicional. No es lo mismo hablar de soberanía hoy que en la década de los ochenta. Los tímidos intentos que ha habido tanto en administraciones panistas (Luis Ernesto Derbez llegó a coquetear con la idea, aunque con gran confusión, a fin de distanciarse de su antecesor) como en la actual por revivir la Doctrina Estrada suenan más a nostalgias malentendidas que a cualquier esfuerzo serio por redefinir nuestra posición ante la no intervención. La Doctrina Estrada fue una gran aportación al derecho internacional en su momento, pero ello fue en la época de la Sociedad de las Naciones, por lo que no se la puede aplicar en la actualidad.
Los mexicanos padecemos mucho de estar siempre viendo al pasado Pero también es cierto que para encontrar nuevas posturas hay que saber re-determinar nuestro pasado, al menos si queremos que esas posturas tengan algo de propias —habrá ocasiones en que la ruptura total sea lo mejor, pero no siempre. La tradición diplomática vinculada a la Doctrina Estrada no solo obedecía a una cerrazón autoritaria hacia el escrutinio internacional; también sirvió mucho a la afirmación de México en el exterior y, consecuentemente, a su autoafirmación, con todas sus debilidades e hipocresías. Sin embargo, el cambiante entorno internacional latinoamericano le exige a México pronunciarse en torno a la cambiante situación cubana, así como le exige redefinir el rumbo de su política exterior no sólo con la isla sino con el resto del continente americano sobre todo si se intenta recuperar un poco las malas relaciones con el resto de América Latina después de la fallida Cumbre Iberoamericana de Veracruz de este año y a la cual estuvieron ausentes los presidentes de Argentina, Cristina Fernández; de Venezuela, Nicolás Maduro; de Brasil, Dilma Roussef; de Bolivia, Evo Morales; de Cuba, Raúl Castro; y de Nicaragua, Daniel Ortega.
De esta forma, México está obligado a una forzosa redefinición de las relaciones continentales que tendrá grandes repercusiones no sólo para los gobiernos de cada país, sino para los partidos políticos de izquierda que han fundamentado sus programas políticos en el imperialismo norteamericano. Lo políticamente correcto es fomentar un acercamiento con el gobierno cubano y mejorar la relativamente deteriorada relación entre México y Cuba. De esta manera, México podría aprender a negociar mejor con el dominante poder norteamericano.
Foto tomada de: www.1070noticias.com.mx.
Relacionado
