«El mundo está lleno de contradicciones, múltiples fuerzas que interactúan entre sí, que se oponen, unen y se trasforman.»
La reciente operación para detener a Nemesio Oseguera “El Mencho” por parte de la SEDENA, levantó una nueva ola de violencia en el país, recrudecida por el reordenamiento de los personajes administrativos del negocio ilegal, ahora con EUA y sus servicios de inteligencia como actores preponderantes.
Violencia presente y constante donde el terror continúa y permanece como fenómeno cotidiano, donde las violencias no desaparecen por la muerte de un narcotraficante, o por el arribo de turistas, o por la presencia de más elementos del ejército, la marina o la Guardia Nacional.
De las múltiples violencias sistémicas que vivimos en México, el hecho reciente indica una problemática de años, una dinámica que tiene génesis en las relaciones mercantiles de carácter privado y de explotación.
El narcotráfico tiene raíces profundas, hilos conductores que atraviesan instituciones, políticos, empresarios, administradores estatales y regionales; es una red compleja de intereses privados, de poder económico y político, relaciones comerciales, control de vías de circulación y distribución, dominio territorial, pactos, acuerdos y descomposición social.
Es un fenómeno que existe a partir del poder político que permite la reproducción del poder económico, no es exclusivamente por la demanda, por el consumo individual o por la reproducción de su rostro sociocultural, no es autónomo ni aislado de las dinámicas de poder del Estado.
Su persistencia e imposibilidad de erradicarlo en las naciones donde predomina el dominio de los grandes monopolios y la banca internacional se debe a la funcionalidad que representa, de su reproducción en las esferas de poder y administración que garantizan su existencia, como válvula económica que nutre el mercado legal y las bóvedas de los grandes consorcios financieros.
Lo acontecido el 22 de febrero se puede leer de diversas formas ¿Fue un acto desesperado sin tomar en cuenta las consecuencias? ¿Una medida que indicó firmeza? ¿Determinación real para acabar el tráfico de drogas? La respuesta se vislumbra en el pasado inmediato y presente.
La renegociación del T-MEC, programada para el mes de julio del presente año, ha estado condicionada desde Washington por su política de seguridad: el blindaje de nuestra frontera norte; el traslado expedito de 92 reos de máxima peligrosidad a EUA; mayor presencia estadounidense en las fuerzas armadas mexicanas bajo la modalidad de capacitación y adiestramiento, con un total oficial de 197 militares y marines estadounidenses, en lo que va del actual sexenio.
Medidas adoptadas después de amenazas arancelarias, rupturas declarativas del T-MEC y vociferaciones del mandatario estadounidense contra la jefa del Estado mexicano. La exigencia se centra en la pacificación de nuestro país, bajo la premisa del poder del dólar, garantías para los negocios y mayor control económico, lo que incluye el mercado ilícito.
En el presente, la Copa Mundial sigue en pie, con “todas las garantías” para que México continúe siendo sede del evento, junto con EUA y Canadá. El llamado al turismo extranjero persiste porque “México está de moda”, al grado de llegar a las selfies con autos calcinados en Puerto Vallarta. México se convierte en un Disneyland para turistas de riesgo, acceso a mercado ilícito y desenfrene, mientras quien vive la cotidianidad de sus calles padece la intensificación y normalización de la violencia.
En nuestro contexto, tan cerca de EUA y dependientes en materia económica, ergo, política, la prioridad es mantener los negocios, no para las necesidades sociales elementales, sino para mayor acaparamiento de la riqueza.
En la medida que éste sea el factor que inclina la balanza, los pactos, acuerdos, el lavado de dinero y la existencia del mercado ilegal que nutre a los grandes centros financieros, continuarán en los espacios de poder estatal; tolerado, auspiciado, cómplice y funcional.
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