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El descuido de la ética en la vida pública y el ascenso de la corrupción

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La corrupción es un vicio de los hombres, no de los tiempos: Séneca

 

Cuando los valores se ausentan de la vida pública de inmediato aparecen conductas contrarias a la ética basadas en antivalores, las cuales han cobrado importancia en la vida política y en la gestión pública.

Actualmente, se encuentran en expansión dando pie a una conducta basada en un pensamiento utilitarista.

Actitudes como el individualismo, la competencia o la acumulación de bienes materiales llevados al extremo, contribuyen a la fragmentación y al desequilibrio del trabajo en conjunto debido a que aquéllos individuos impulsados bajo estos principios se encuentran en disposición de hacer cualquier cosa, sin importar respetar la legalidad o al afectación a terceras personas con tal de conseguir sus propósitos.

Una conducta exclusivamente competitiva puede ser problemática al impulsar el individualismo, fomentar la desconfianza y despertar la agresividad, el odio, el rencor y el resentimiento entre compañeros.

Un modelo de competición rapaz llevado al extremo genera un estado mental desviado y obsesivo y en consecuencia genera una conducta destructiva en los contendientes.

Una postura de esta naturaleza es una forma de declaración de guerra, una batalla, a veces absurda, contra el compañero. Para Adela Cortina “La regla de oro del individualismo, racional, neoliberal diría: no inviertas en los demás más esfuerzo del que pueda proporcionarte un beneficio” (Cortina, 1998, 77).

La autora destaca la importancia que tiene la codicia y la avaricia en uno mismo, contrario a los valores de solidaridad y cooperación.

La nueva fase del desarrollo del capitalismo, caracterizada por la estrategia neoliberal, ha contribuido a cambiar los valores, de manera vertiginosa tanto en las sociedades como en los gobiernos. Las nuevas formas de actuación giran en torno al principio económico y a la individualidad lo que genera que un individuo oriente su conducta hacía actitudes menos solidarias.

En el mundo distintos intelectuales de prestigio internacional, Junger Habermas, Sigmund Bauman, Alasdair MacIntyre, Sartori, Hans Küng, Amartya Sen, George Steiner o Noam Chomsky, coinciden en la afirmación de que las sociedades contemporáneas viven sumergidas en una crisis de valores y que los antivalores han invadido la vida diaria en diversos ámbitos de la vida pública: político, social, económico, familiar, religioso o cultural.

Al respecto, Hans Küng escribió: “La crisis de la principal potencia occidental –Los Estados Unidos- es ya una crisis moral de todo Occidente, incluida Europa: desmoronamiento de las tradiciones, de un sentido global de la vida, de criterios éticos absolutos, y carencia de nuevos fines, con todos los daños psíquicos que de ello se derivan.

Muchos hombres no saben ya en nuestros días hacia qué opciones fundamentales han de orientar las pequeñas o grandes opciones diarias de su vida, y tampoco qué preferencias seguir, qué prioridades establecer, qué símbolos elegir.

Las antiguas instancias y tradiciones orientativas ya no sirven. Reina en todas partes una crisis de orientación, que a pequeña escala tiene que ver con la frustración, el miedo, la drogodependencia, el alcohol, el sida y la criminalidad de muchos jóvenes, y a gran escala, con los nuevos escándalos políticos, económicos, sindicales y sociales, demasiado frecuentes en Alemania, Austria, Francia, España, Italia, Suiza.

En definitiva, occidente se encuentra ante un vacío de sentido, de valores y normas, que no sólo afecta a los individuos, sino que constituye un problema político de enorme magnitud.” (Küng, 2000, 25).

La conclusión a la que llega tanto este autor como los señalados es que en la sociedad contemporánea existe confusión y desorientación en los distintos miembros que la integran como resultado de los antivalores con los que son bombardeados día a día, a través del mundo mediático, lo que genera conductas nocivas, incluso  patológicas.

Un elemento nocivo que está cada vez más presente en conductas de niños, jóvenes y adultos es la violencia, tanto física como verbal o psicológica.

Actualmente existe un proceso de globalización de la corrupción que va penetrando en los diversos rincones del planeta. Este proceso se asienta sobre todo ahí donde los valores se diluyen o pierden fuerza.

Un espacio afectado sin duda es en el servicio público debido a que la administración pública no es más que una parte de la sociedad a la que sirve.

Así, el propio ambiente social de nuestros días, en el que se potencia un consumo salvaje o la valoración de las personas en función de su éxito económico, quizá sea el caldo de cultivo para la proliferación de una cultura en la que los valores éticos encuentran dificultades a menudo difíciles de salvar para abrirse paso.

En este contexto, es difícil concebir un intento de moralización de la vida pública.  No obstante, pese a lo que dicen las apuestas, es necesario institucionalizar instrumentos éticos acompañados de una cultura de valores de servicio que refuerce el espíritu del servidor público hacía el interés general que es el bien de la comunidad política.

 

Foto tomada de Haiku Deck.

 

Oscar Diego Bautista
Profesor-Investigador del Centro de Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades (CICSyH)de la Universidad Autónoma del Estado de México. Doctorado en el Programa Gobierno y Administración Pública de la Universidad Complutense de Madrid. Maestría en Ciencia Política en Iberoamérica por la Universidad Internacional de Andalucía, Sede la Rábida. Licenciatura en Ciencias Políticas y Administración Pública por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).