Madres, padres, hermanas, esposas, todos buscadores de paz, se levantan alrededor de las 5:00 de la mañana de un día de septiembre para comenzar una jornada de búsqueda en los fríos bosques mexiquenses. La mayoría duerme en una casa prestada en la Marquesa, como la familia en la que se han convertido. El Ajusco es uno de los puntos focales para esta materia pues en el pasado han encontrado restos humanos.
El colectivo “Flores en el corazón”, conformado por peregrinas de la esperanza y liderado por Liz Machuca, tiene asignadas labores: preparar el desayuno, alistar la comida para el día, dejar preparadas las palas, picos y varillas, estar al pendiente de la llegada de las policías municipales y estatal, así como de los elementos de la Guardia Nacional y de la Comisión de Búsqueda de Personas del Estado de México.
Las autoridades llegan. Parten en caravana hacia el centro del municipio de Xalatlaco. En la plaza principal les esperan más elementos de seguridad, todos van armados, saben que en la zona hay talamontes.
Liz y todas las familias buscadoras que ahí se encuentran esperan a otros compañeros y la autorización de salida, la cual se retrasa hasta las 9:00 de la mañana. Están ansiosas, cada minuto cuenta al buscar a sus seres amados que desaparecieron porque alguien se los llevó.
Parten rumbo al Ajusco a través de una carretera solitaria por más de una hora. Llegan a un paraje cercano a un campamento de la Guardia Nacional. Todos bajan: unos empiezan a armar puestos donde darán atención médica, otros reparten la comida y el agua, las familias buscadoras se ponen sus guantes, sombreros, gorras y las playeras con la foto de su ser querido. Se arman dos grupos.
Caminan hacia el bosque, ahí el ejército da instrucciones. Comienza el barrido. La técnica más usada es sencilla: introducen una varilla en montículos de tierra donde podría haber restos; si encuentran algo sospechoso, suenan un silbato y comienzan a excavar.
Avanzan los grupos, se adentran en el territorio. Los familiares, a la vez, recolectan hongos comestibles: los llevarán a casa para prepararse algo. No es que se distraigan en esa actividad, les ayuda a enfocarse, a no caer en la desesperación.
En este colectivo escuchamos historias, como la de Magaly, quien al momento de la búsqueda, estaba tras las huellas de su hijo Genaro, sustraído de su domicilio en Santiago Tlacotepec, Toluca, por personas que vestían uniformes de la Fiscalía General de Justicia del Estado de México. En septiembre tenía casi dos años desaparecido.
“lo hemos buscado, fuimos a los penales, hemos ido a los SEMEFOS del estado, hemos seguido buscando a mi hijo, pero seguimos sin noticias de él” Magaly Romero/ madre de Genaro Hernández Romero, desaparecido.
También Rosa María nos contó su historia: buscaba a su hijo Josué y a Evelyn Valdés Peña, su nuera, quien al momento de desaparecer, contaba con 2 meses de embarazo. Ella había participado en 30 búsquedas desde septiembre de 2024 al mismo mes de 2025. Rosa María no pierde la esperanza, pues sabe de compañeros que han encontrado con vida a sus hijos.
“al principio yo andaba sola, buscando con mi otra hija, pero si se me dificultaba demasiado… dentro del colectivo si se han encontrado personas… aparte de seguridad, (necesitamos) más personas que se unan a ayudarnos, más manitas, porque somos muy pocos” Rosa María Bobadilla Chávez, madre de Josué Antony Rodríguez Bobadilla, desaparecido.
También hay quienes vienen de más lejos, como Veracruz y Baja California. Una brigada de Xalapa llegó a hacer labores para dar con sus seres queridos, pues saben que los enterramientos clandestinos no conocen fronteras políticas y que el crimen organizado tiene redes clandestinas.
“no sabemos el modus operadi de la delincuencia organizada, donde los dejó, sí, en qué estado los llevó, porque han aparecido en diversos municipios y en diversas ciudades, por eso esta búsqueda masiva que se da en todos los colectivos”. Milagros Montiel Cruz, representante del colectivo “luz, fuerza y lucha por nuestros desaparecidos de Veracruz”.
Han pasado las horas y alrededor de la 1:00 de la tardes arriba la familia Vargas Ojeda, originarios de la Ciudad de México. En ese momento realizaban labores de localización de Olin, estudiante de ingeniería de la Universidad Nacional Autónoma de México, quien fue secuestrado y desaparecido. Ellos buscan en territorio mexiquense, pues el último paradero conocido de su hijo es en la carretera México Toluca.
“¿qué buscamos? buscamos restos, buscamos cuerpos inertes, lógico no los íbamos a encontrar, no los hemos encontrado”. Sandra Delia Ojeda Rivera/ madre de Olin Hernando Vargas Ojeda, secuestrado y desaparecido.
Llegando a un límite muy profundo en el bosque deciden regresar por el horario. El regreso toma casi una hora. Alistan todo, sin ningún resultado positivo. Hay una sensación generalizada de cansancio y desesperanza. “Ya será para la próxima”, se escucha.
Para realizar una búsqueda se necesita varios meses de preparación. Liz relata que son ellos, los colectivos, quienes proponen a las autoridades la fecha y el lugar, basados en información previa y en sitios donde se han encontrado restos humanos con anterioridad. Regularmente son lugares abiertos, clandestinos, como el interior de los bosques, donde no hay autoridad.
Cada búsqueda tiene un solo objetivo: que alguien pueda regresar a casa. cuando los restos son encontrados, el peregrinar cesa y encuentran algo de paz.
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