¿Alguna vez has escuchado que la música, la literatura, el cine y el arte en general influyen en nuestra percepción del mundo y, por lo tanto, en nuestras emociones?
A veces nos sentimos tristes cuando vemos una película o escuchamos cierta música. Si no nos detenemos a pensar que esa experiencia emocional es provocada por la manera en cómo se construyeron los personajes, la trama o la música, puede ser que pensemos que esa sensación de tristeza es nuestra.
La buena noticia es que podemos elegir qué vemos y qué escuchamos. De esta manera, tenemos control sobre las experiencias emocionales que percibimos
Cuando un cuadro de pintura, una canción, una novela, una serie, una película o un cuento están bien construidos, es decir, no hay cabos sueltos o incongruencias; se dice que tienen “valores artísticos”.
Y cuando provoca un efecto en el lector, escucha o espectador, ya sean experiencias emocionales o reflexiones profundas, se dice que tiene “valores estéticos”.
Por cierto, la crítica social no es un valor ni artístico ni estético en sí mismo, sino que, la obra tiene una intención de evidenciar una situación social. Y también, podemos elegir si coincidimos en nuestro pensamiento, con esa crítica social o no.
En la actualidad, vivimos en una cultura heredera de la propuesta estética de la “posmodernidad”. Y la posmodernidad tiene su fundamento en la corriente filosófica que propone tener una actitud frente a la vida conocida como nihilismo. En el libro El fin de la modernidad: Nihilismo y hermenéutica en la cultura posmoderna (1985), Gianni Vattimo afirma que esta propuesta cultural se contrapone con el humanismo y que se fundamente la percepción del vacío y el sinsentido.
El nihilismo no es una emoción, sino la actitud de cuestionar los valores universales (el bien y la verdad). Y se expresa como una propuesta estética porque busca provocar, a través de la música, el cine, la literatura ⸺y las expresiones artísticas en general⸻, una experiencia emocional de vacío existencial. Vacío que reconocemos como tristeza extrema y depresión.
Por otra parte, el filósofo existencialista Jean Paul Sartre no estaba de acuerdo con el nihilismo. Su propuesta afirma que el sentido de la vida no se da en automático, sino a través de nuestras decisiones y el significado que creamos día a día por el hecho de ser humanos, es decir, su fundamento es el humanismo. En su libro Esbozo de una teoría de las emociones (1939), Sartre afirma que el manejo de las emociones es un acto de voluntad, sobre todo, propone la posibilidad de mantener la alegría como una forma de vida frente a la tristeza, justamente como una volición: una determinación y un propósito.
En nuestro entorno, podemos identificar a la estética posmoderna porque busca provocar en el lector, escucha o espectador, una experiencia emocional de vacío, de vida fragmentada, de multiplicidad que confunde. Porque sus valores artísticos están basados en la predominancia de la belleza y lo decorativo, cuestionando los valores del bien y la verdad.
El asunto es que a veces pensamos que la posmodernidad es la época histórica que estamos viviendo y que no hay salida. Pero no es así, la posmodernidad no es una etapa histórica, de hecho, es una propuesta filosófica que está en contra de la historicidad lineal. Podemos identificar su influencia en las ideologías que usan sufijos para explicar la realidad: todo termina en “ismo”. La razón es porque al asumirse como la corriente artística “después de la modernidad” (post), su antecedente es al arte moderno de las vanguardias y los “ismos”: surrealismo, cubismo, futurismo, entre otros.
Si la buena noticia es que podemos elegir lo que escuchamos y vemos, además de pensar que las experiencias emocionales, provocadas por el arte, no necesariamente son nuestras emociones; entonces otra buena noticia es que nosotros también podemos crear nuestras propias experiencias emocionales, escribiendo, pintando, bailando o tocando un instrumento. Porque las experiencias emocionales forman parte de nuestro mundo interior. Un mundo que nosotros mismos podemos construir y decidir qué canciones o películas nos influyen o no.
Y si esta tristeza no es mía, puedo pintar mis emociones de otra manera, no necesariamente nihilista ni fragmentada. Puedo experimentar la realidad y mis emociones desde mi propio punto de vista, más allá de la cultura posmoderna heredada del siglo pasado (1960-1980).


























