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Fronteras del saber: Nosotras también hacemos ciencia

Recientemente la legislación mexicana reconoció el derecho humano a la ciencia, particularmente a través de la Ley General en Materia de Humanidades, Ciencias, Tecnologías e Innovación, reformada en 2023. Esta ley habla de nuestro derecho no sólo a gozar de los beneficios de los resultados la investigación científica, sino también de nuestro derecho participar activamente en esta empresa. Pero sabemos bien que entre los documentos y la realidad existen múltiples brechas. Esto ocurre cuando muchas mujeres científicas vivimos historias como la que cuento aquí.

Esta experiencia sonará familiar para muchas lectoras, incluso si no se desempeñan dentro de la academia; pero invito especialmente a los varones a leer con atención. En la universidad donde trabajé se conformó un comité para evaluar proyectos de investigación y otorgar un premio. Como se imaginarán, además de la labor propiamente académica de lectura analítica y evaluación, también había que realizar tareas burocráticas que, vamos a sincerarnos, a nadie nos entusiasma demasiado. Tras varias reuniones del comité, a las que un profesor no había asistido por diversos motivos, llegó la reunión final donde debíamos preparar los documentos de dictamen del premio. En aquella reunión virtual estábamos tres profesoras, y este compañero. En cuanto inició la reunión, el profesor quiso tomar las riendas y delegar a las tres profesoras tareas como enviar correos a las personas ausentes, compartir los documentos (que ya todxs debíamos haber revisado previamente) y crear el archivo final del premio. Las caras de extrañeza y enfado mis compañeras fueron notorias; todas sentimos que el profesor nos estaba tratando como si fuéramos sus asistentes. Una colega, visiblemente molesta le respondió tajantemente que los archivos estaban ya en su correo desde semanas antes y no íbamos a hacerle la tarea –quizá muy complicada para él– de abrir un archivo. Queríamos terminar el asunto, hacer el trabajo que nos correspondía y seguir con tantos otros pendientes que la vida académica demanda, así que continuamos sin darle mucha importancia a la actitud del compañero. Pero este personaje, muy probablemente herido por la respuesta tajante de la colega, necesitaba continuar con la dinámica de jefe. Cuando nosotras tres –muy eficientemente– organizamos el documento y repartimos las tareas pendientes para terminar pronto. El profesor se quedó inmóvil y callado, yo diría que impresionado de ver cuán rápido y bien resolvíamos la tarea. De pronto, y claramente desde una inseguridad que le invadía, interrumpió la conversación para decirnos, “Qué bien trabajan, ya sé a quién le voy a pedir que me ayude a organizar mis textos para publicar”. Nos quedamos heladas. Estábamos molestas, pero además sentimos vergüenza ajena por el sujeto, quien, desde su audacia de académico inseguro (el profesor no tiene un grado de doctorado, y ya saben que eso importa mucho en la academia), decidió tratar a tres doctoras no como sus pares, sino como sus subordinadas para hacer tareas que él consideraba triviales, sus potenciales empleadas.

Muchas mujeres en la academia nos enfrentamos a esto en el día a día. Tristemente, participar en la ciencia como productoras de conocimiento viene acompañado de estas violencias: el no ser vistas ni tratadas como pares, que hombres con menos méritos nos cuestionen nuestros temas o enfoques, que nos interrumpan constantemente, que sientan amenazados sus privilegios frente a mujeres que han construido sus carreras igual o más brillantemente que ellos y, en consecuencia, activen comportamientos como los que conté. Campañas como #allmalepanel (#panelesde hombres) cuestionan este problema. ¿Se han dado cuenta cuántas mujeres ocupan lugares como panelistas en comparación con los varones? Tal parece que cuando se trata de moderar, es decir de hacer las tareas secundarias, ahí sí somos vistas e invitadas.

Pero, como dice la canción, “el tiempo no para”, sobre todo cuando hay evaluaciones por hacer, publicaciones que terminar, estudiantes que atender, comisiones por cumplir…y hay que seguir. Pocas veces podemos detenernos a hablar de esto. Aunque no entre nosotras, porque eso lo hacemos cotidianamente. Pocas veces tenemos tiempo de entablar diálogos al respecto con los compañeros. Esta columna es una invitación a ello, a activar la conversación para construir ambientes de compañerismo y seguros para todas y todos en la academia. Porque desafortunadamente muchas mujeres desisten y abandonan la carrera académica por ser un terreno tan hostil que nos hace sentir intrusas, como bien describieron Ana Buquet, Jennifer A. Cooper, Araceli Mingo y Hortensia Moreno en uno de los estudios más completos e interesantes sobre el tema[1].

Especialmente en tiempos tan convulsos para la ciencia, donde la confianza en nuestro trabajo está en franca crisis, hace falta entablar este diálogo. Así que invito a los compañeros científicos a escuchar a sus colegas mujeres, a abrirse a entender nuestras experiencias, pero también a escucharse entre ustedes y conversar sobre las raíces y las consecuencias de las violencias que a veces replican, muy probablemente sin querer. Porque al final de cuentas, el derecho humano a gozar y participar de la ciencia implica también que ésta refleje la composición de nuestra sociedad, que es, afortunadamente, muy diversa.

 

[1] Buquet, Ana, Jennifer A. Cooper, Araceli Mingo, y Hortensia Moreno. Intrusas en la universidad. Universidad Nacional Autónoma de México, 2013. http://www.iisue.unam.mx/publicaciones/libros/intrusas-en-la-universidad.

 

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