Métrica - Periodismo y Transparencia

El Sur Mexiquense: Periodismo bajo acecho

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Entre las condicionantes de la libertad de expresión, la colusión del crimen organizado con distintos niveles de gobierno se convierte en un dique infranqueable que normaliza la autocensura en el Estado de México.

 

Conozco a Indalecio Benítez en un camino que baja.

Algunos lo llaman la carretera a Arcelia, Guerrero. En realidad, es un tramo alejado de Dios.

Cerca de San Pedro Limón, municipio de Tlatlaya, una camioneta Nissan frena junto a una tienda, de la caja descubierta del vehículo descienden varios jóvenes. Portan armas largas, chalecos antibalas, pantalones de mezclilla. Son invisibles para todos, también para nosotros cuando pasamos frente a ellos. La mirada se petrífica.

La última patrulla municipal la vimos allá por Los Cuervos, la parada de Cuervos. Aquí el camino desciende de la sierra, a los lados montañas, vegetación, riscos; el viento caliente viene de allá, de la nada.

El paso esporádico de motocicletas y el inesperado vigía que observa desde un recodo del camino advierte que no estamos solos. Esta tierra tiene dueños.

Es la zona sur del Estado de México, donde hacer periodismo es una práctica normalizada de no profundizar en temas del crimen organizado, aunque el verdadero temor apunta a la colusión de los carteles del narcotráfico con las autoridades gubernamentales y militares. Es el periodismo bajo acecho, la autocensura ante la omnipresencia de esa combinación de poderes. Pese a todo, el periodismo persiste.

Cerca de San Antonio del Rosario está Indalecio. Viste un chaleco de reportero, cuerpo robusto, rostro moreno, agreste la mirada. Sonríe, pero la dureza de sus facciones no cambia.

Está en una reunión de periodistas regionales con el alcalde de Tlatlaya. El rancho del edil es un oasis imperceptible, salvo por el inusitado camino empedrado que conduce a él.

Bajo un manteado amarillo el tema es la libertad de expresión. Son pocos, un puñado, acaso dos docenas de periodistas reunidos en ese lejano extremo del Estado de México, donde más extraño resulta hablar de esos temas.

“Muchas cosas se callan”, expresa Indalecio cuando le pregunto sobre el periodismo sureño.

El periodista, quien dirige la radio comunitaria de Luvianos, está un dilema. En 2014 sicarios del cartel de Guerreros Unidos irrumpieron en este medio de comunicación. El saldo fue el asesinato de su hijo Juan Diego, de 12 años de edad.

Tres años después Indalecio sigue haciendo periodismo, conduciendo el noticiario de la mañana, referente obligado para las autoridades municipales, estatales y federales de esta zona.

“Estoy demostrando una valentía que a la mejor ni yo la tengo”. Es su dilema.

“Pero necesitamos cambiar la mentalidad de los jóvenes, de que se vea de que alguien lo tiene que decir, chingada madre por qué callarnos o por qué someternos”.

La radio que dirige es la primera que obtuvo la concesión de uso social-comunitario a nivel nacional.

***

A huarachudazos Indalecio da sus primeros pasos en el periodismo. Es literal.

Desde los noventa y hasta la primera década de este siglo, el periodista sureño edita “El Huarachudo”. Un volante donde denuncia los abusos de autoridades municipales. “Nadie se atrevía”, recuerda.

“El Huarachudo” viene de la práctica común de los campesinos calentanos de usar huaraches, calzado que también sirve para entrar en razón. “Los políticos sólo entendían a huarachudazos”. Al fin golpes, pero de ideas, combinadas con caricaturas.

“El Huarachudo” sale hasta el 2008, después ya no se pudo ante la censura oficial y la presión del crimen organizado.

“La última vez hicimos una caricatura de un puercote con unos huevotes y la cara del presidente municipal que había amenazado a varias secretarias que las iba correr si no se daban el mochón del rabo”, dice Indalecio.

Campesino de Luvianos, con estudios de bachillerato, así fue como el destino lo fue llevando al periodismo.

En el 2000 funda una empresa de publicidad que funciona con el perifoneo móvil. “Una cosa y otra nos fue empujando al periodismo ante la falta de medios de comunicación”.

En la sierra el perifoneo móvil resulta efectivo no sólo para difundir publicidad, sino termina siendo un medio de comunicación para hacer frente a rumores y atenuar el temor por los constantes enfrentamientos entre carteles rivales.

“Que había enfrentamiento en tales lugares, la gente cerraba negocios, entonces teníamos que salir con el perifoneo, hacía falta una radio”.

Ese activismo social no fue gratuito. Tiene roces con los efectivos de la Marina y policías ministeriales destacados en la zona sureña, quienes eran blanco de constantes denuncias.

Aguerrido, antes que periodista Indalecio se asume como un defensor de los derechos humanos. El problema es la tierra que pisa. La lejanía con los centros urbanos la hacen campo propicio para cualquier violación. Puede pasar de todo y nadie se entera.

“La lucha social la he llevado desde muy chamaco en la sangre”, apunta el periodista. Allá por 1988 organiza una protesta estudiantil por abusos y robos de maestros en el bachillerato tecnológico agropecuario que cursaba.

Su bisabuelo, Vicente Benítez Sánchez, fue un defensor de Luvianos durante la revolución mexicana. No perteneció a ningún bando, simplemente organizó a sus vecinos ante los saqueos de las partidas revolucionarias que pasaban por la región.

Algo similar le ocurre al bisnieto. Sólo que ahora los abusos vienen de las autoridades militares o ministeriales.

“Te llega un pinche ministerial y hacen lo que quieren, no tienes ninguna casa a la redonda y hacen lo que quieren. Quién te va a defender, nadie, hicieron muchos abusos, en arcas abiertas el más santo peca”, asegura.

El 20 de noviembre de 2013, sin más ayuda que la de su familia y vecinos, Indalecio inicia las operaciones de la Calentana 98.1 FM, instalada en su propia casa de Luvianos.

En ese momento cuenta con un transmisor de 20 watts que le costó 5 mil pesos, una computadora regalada, y un micrófono de 150 pesos. Faltaban los permisos que estaban en trámite.

Sus ingresos provienen del trabajo de perifoneo y de un negocio que había montado para la preparación de alimentos y banquetes. Del periodismo independiente no se vive.

“¿Quién va a creer en ti?”, se pregunta Indalecio cuando recuerda aquella época.

El interés era cambiar las cosas, “que las cosas se digan chingada madre”. Palabras que repite en los siguientes años.

Desde el inicio de las transmisiones Indalecio difunde denuncias ciudadanas, alienta a sus vecinos a convertirse en contralores comunitarios, a verificar las obras que anuncian los ediles de la zona.

El manejo de la radio es vertical. No negocia, no promueve, ni hace proselitismo, en todo caso vende espacios publicitarios, “yo no doy arrumacos, si me quieren condicionar jamás lo voy a aceptar”.

En su noticiero de la mañana trata los temas con rudeza. Cuando está ante el micrófono piensa en la cultura de perder el miedo, de enseñarle eso a la gente, a los niños.

“Estamos logrando cosas que eran impensables, que ya se acercan los pinches gobiernos municipales, me dicen oye por favor voy a arreglar este problema, arréglalo, porque si no te voy a seguir chingando, y hasta ahorita no he recibido amenazas, por qué, porque saben que no me voy a callar”.

***

El teléfono de Indalecio suena. De hecho, timbra cada hora con una puntualidad inglesa. No deja de sonar hasta que contesta el periodista luvianense.

“Sí, Indalecio Benítez, radio comunitaria… sí estoy bien, todo en orden”.

Esta monitoreado tras la agresión ocurrida la madrugada del dos de agosto de 2014. Una esquirla de bala termina con la vida de su hijo de 12 años. Acción atribuida a los Guerreros Unidos, cartel que se disputa la plaza con la Familia Michoacana.

La familia de Indalecio había salido a cenar. Cuando regresaban a su casa y a las instalaciones de la Calentana 98.1 FM, advierten que cinco sujetos armados habían entrado a la vivienda. Indalecio trata de escapar en el vehículo que conducía. Uno de los sicarios dispara provocando la muerte del menor.

Esa bala calentó la plaza de Luvianos, municipio que originalmente pertenecía a Tejupilco y que en el gobierno de Arturo Montiel logró separarse de ese territorio para tener sus propias autoridades.

A tres años el asesinato y atentado sigue sin estar claro. Hay dos detenidos. Para Indalecio el móvil fue la corrupción que permea a las autoridades militares.

“No le tengo miedo al crimen organizado, le tengo miedo al desgraciado gobierno”. Sabe lo que dice.

Tras el homicidio de su hijo la Fiscalía Especial para la Atención de Delitos cometidos contra la Libertad de Expresión (FEADLE) insistía en conducir la línea de investigación hacia la Familia Michoacana.

“Me ponían foto tras foto, me decían ¿estos fueron, estos fueron?, no señor”, recuerda. “Y los hijos de la chingada te quieren inducir una línea para que la cargues para un lado”.

La FEADLE sabía quiénes habían sido.

Lo narra Indalecio, quien recabó pistas, testimonios, evidencias. Es periodista y detective en el homicidio de su propio hijo.

Había una disputa por la plaza de Luvianos, pero cargada. La Marina y una cuadrilla del 102 Batallón estaban coludidos con los Guerreros Unidos.

El periodista sureño arrastraba conflictos con la Marina y la Policía Ministerial, ocurridos en 2013 y 2008, por ejemplo, cuando exigió la liberación de seis jóvenes detenidos por las fuerzas castrenses.

“Eso no me lo perdonaron, se aliaron con los Guerreros Unidos y uno de los compromisos fue eliminarme a mí”.

El día de la agresión “iban a posicionase de la radio, a someterme a mí, y mandar mensajes a la Familia Michoacana de que ya estaban conmigo”.

En aquel entonces preparaba comida para banquetes. Entre sus clientes estaba la Familia Michoacana.

“No te puedo negar que hubo acercamiento de la Familia Michoacán, se acercaban. Tenía un negocio de preparación de alimentos, de ahí me mantenía y a veces me hablaban: necesitamos que nos prepares una comida para tantas gentes, yo lo he declarado, no me voy a rajar”.

Así es en la región de Luvianos. El crimen organizado es parte de la vida cotidiana, son los vecinos, los clientes, son quienes caminan a tu lado.

“Pero jamás he portado un celular para informar, un radio, un arma, ni he estado dando información”, ataja el periodista.

La narración de Indalecio continua:

Aquella noche de agosto la agresión ocurre al filo de la medianoche del viernes.

Unas horas antes los cinco sujetos, menores de edad en su mayoría, irrumpen en dos viviendas de la región. En una solicitan apoyo vía telefónica porque los iba persiguiendo La Familia Michoacana.

Piden ayuda porque los estaban “coleando”. Urgente era la intervención de “los pepinos”, apodo de los elementos castrenses o de la Marina. Esa noche también roban un taxi de Luvianos.

Después de disparar hacia el vehículo de Indalecio, los sicarios, quienes cobraban un sueldo de 5 mil pesos quincenales, vuelven a introducirse en la vivienda del periodista, no saben que han asesinado al menor de 12 años. No les importa la cercanía de las instalaciones militares, permanecen otros 20 minutos en el inmueble.

Mientras tanto Indalecio y su familia escapan hacia las instalaciones de la Marina, ubicadas a menos de un kilómetro. Ahí los marinos admiten haber escuchado detonaciones. Se habla de dos disparos de cuerno de chivo, uno que mata y otro para avisar la retirada. Aunque sólo será encontrado un casquillo. Quien hace el hallazgo no es un agente ministerial, sino Pablo, otro hijo del periodista sureño.

Los sicarios se refugian en una vivienda de Luvianos. A las 7 de la mañana del sábado siguiente los cinco sujetos reciben la visita de “El Jabalí”, quien los reprende por “calentar” la plaza.

De ahí parten a la comunidad de Paso del Agua, donde tenían secuestrado a un joven, a quien posteriormente abandonan. El domingo se trasladan al Cerro de la Culebra, ahí estuvieron del lunes al miércoles siguiente. Quien mandaba al grupo era “El Roca”. En ese lugar los sorprende una célula de La Familia Michoacana, tres son masacrados, dos escapan, quienes finalmente serán detenidos por el homicidio del menor.

Todo eso pidió investigar y comprobar Indalecio, quien acudió a la escena donde fueron masacrados los sicarios de Guerreros Unidos, insistió con la FEADLE para seguir esa línea de investigación, les mostró las pruebas, indicios. Hoy sigue insistiendo ante esa Fiscalía.

Hay otra versión extra oficial, se cuenta entre periodistas y vecinos. El sicario que comandaba a los agresores del periodista es asesinado por los mismos Guerreros Unidos, a los otros los caza el Ejército.

Los dos menores que lograron salvarse de unos y otros continúan encarcelados. Incluso autoridades estatales le han comentado a Indalecio que si ya pueden ser liberados.

Así es el periodismo en el sur mexiquense, región que regularmente es noticia cuando hay enfrentamientos, ejecuciones o balaceras. Es el periodismo bajo acecho.

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En el extremo sur del Estado de México están los municipios de Tejupilco, Amatepec, Tlatlaya y Luvianos. Forman parte de un triángulo dorado para el cultivo y trasiego de estupefacientes. Es la región calentana que tiene mayor identificación con los estados de Guerrero y Michoacán.

Lejos de Toluca, la capital mexiquense, esta zona es poco visitada hasta en las campañas electorales de los candidatos a gobernador. Previo a los comicios del 4 junio, el actual mandatario Alfredo del Mazo Maza obvio su proselitismo en esta región. Su equipo de campaña organizó un mitin en el palenque de Tejupilco. Ahí concentraron a campesinos de los cuatro municipios. Acaso dos horas y después partió junto con sus escoltas.

Distintas investigaciones periodísticas, académicas y gubernamentales advierten que en la anterior década esta región entró en un espiral de violencia por el trasiego de drogas. Históricamente había producción de marihuana, pero todo cambio cuando llegaron los “señores” del narcotráfico, los carteles y sus disputas por el territorio calentano. La tierra de nadie.

El estudio “Crimen Organizado en Sierra de Nanchititla: un viaje a través de las escalas implicadas en el desarrollo turístico sustentable (DTS)” refiere, con base en reportes periodísticos, que la llegada de los carteles del narcotráfico a esta zona puede fecharse a partir de 2007.

El Parque Natural de la Sierra de Nanchititla aporta una geografía excepcional para la producción y paso de drogas. Está ubicado principalmente en el municipio de Tejupilco, al oeste está limitado por Michoacán y Guerrero.

“En las localidades, la población entrevistada afirma que: se levanta gente en calles, carreteras, campo; hay ejecuciones sangrientas, especialmente cuando no está el ejército; muchas personas están involucradas; una vez hubo 50 muertos en la carretera Toluca-Tejupilco, pero no lo dicen los noticieros”, documenta el estudio realizado por los académicos Irma Luz Ramírez de la O, Gabino Nava Bernal, Maribel Osorio García, y Sergio Franco Maass, mismo que fue publicado en la Revista Líder en 2010.

No sólo los noticiarios suelen callar. También los gobiernos municipales, estatal y federal, o el mismo Ejército y la Marina.

El portal Nuestro Tiempo, de los pocos medios editados en Toluca que han documentado la guerra del narcotráfico en el sur mexiquense, ha insistido en esa batalla que las propias autoridades terminan por evadir.

“Los funcionarios federales y estatales, así como los mandos de las fuerzas armadas son misteriosos. Luvianos parece una palabra prohibida. Nadie habla de guerra, aunque todos saben que hay una”, relata Francisco Cruz Jiménez en uno de los textos difundidos por Nuestro Tiempo.

En este escenario trabajan los periodistas regionales.

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Después del asesinato de su hijo, el periodista Indalecio Benítez fue asistido por el Mecanismo de Protección a Periodistas de la Secretaría de Gobernación. Vive en el Distrito Federal, desde allá continúa transmitiendo su noticiario para la radio calentana.

Su estancia también la ocupa para tomar cursos en la Universidad Iberoamericana, en la Escuela Carlos Septién, colabora en la revista Zócalo. Resiste la reclusión en una ciudad extraña. Ahí advierte las diferencias con el periodismo de la zona sur del Estado de México.

“Allá no hay necesidad de medios, aquí sí la hay, allá sobran, aquí hacen falta, y más que sea un medio creíble”.

Es rápido el recuento de medios sureños.

En Luvianos además de la radio comunitaria que dirige Benítez se edita “El Sureño”, periódico semanal o quincenal. Ante la escasez de medios el auge está en las páginas de Facebook.

Rumbo a Toluca, en Tejupilco, también hay pocos medios, aunque de mayor tradición.

Está El Monitor, que desde hace cuatro décadas hace periodismo de proximidad, comunitario. Es semanal.

Antes existía otro medio, Mi Región, ya no se publica, pero durante al menos una década fue un periódico semanal.

Otro es el diario El Nativo, de corte comunitario, aunque la población a veces lo advierte como sensacionalista.

De Guerrero llega el periódico Despertar del Sur, maneja noticias comunitarias y policíacas. Todos los medios referidos son impresos y han iniciado la edición de páginas web.

En medios electrónicos está el Canal 28, difunde información institucional y social, además de Radio Roca, nació como cultural, pero también tiende a lo institucional.

En páginas web destaca El Observatorio del Sur, con información de corte social y la publicación de historias de vida y comunitarias. Se distingue por su manejo crítico de la información.

A estos medios se suman pequeñas publicaciones comerciales que pueden entreverar información social.

En Amatepec y Tlatlaya no se ubican medios consolidados.

Los medios de comunicación editados en Toluca llegan poco. En algunos casos tienen reporteros que a la vez combinan tareas de publicidad. Los que sí tienen una mayor audiencia son La Jornada y Proceso, en particular este último, quien también ha documentado enfrentamientos entre los carteles del narcotráfico.

El contexto en el cual trabajan los medios y periodistas sureños presenta los males endémicos del periodismo mexiquense, pero con sus particularidades.

A nivel del control publicitario que puedan orquestar los Ayuntamientos de la región, respecto de los medios de comunicación, periodistas consultados advierten cierta flexibilidad.

Maricarmen Aguilar, periodista independiente que cubre el sur mexiquense, percibe autocensura, pero también equilibrio de los periódicos para no perder su credibilidad.

“Auto censura o una lealtad no escrita o no solicitada o dada por hecho, de que si tú me vas a dar publicidad yo no voy a criticarte, sin embargo, sí hay flexibilidad, porque en el sur los periódicos sí se venden, entonces los editores y periodistas ya saben que es una cuestión inherente mantener ese equilibrio entre la credibilidad y las denuncias”, indica.

Sin embargo, el periodismo de crítica hacia los gobiernos suele quedarse en la denuncia ciudadana o en el género de opinión. Eso salva la responsabilidad del medio frente al anunciante gubernamental.

“La mayoría de los periodistas suelen irse por la suave, por la tranquila, de yo voy a publicar tu evento político y ya no me meto en rollos, raras veces se hacen entrevistas o reportajes que tengan que ver con la función pública”, insiste Maricarmen.

A su vez los apoyos económicos o en especie también están presentes para los reporteros, admite la periodista que ha cubierto el sur durante las dos últimas décadas.

En contraste, la vulnerabilidad es evidente para los periodistas en el ámbito profesional.

Los periódicos o medios llegan a pagar por nota, otros por comisión publicitaria, y en algunos casos hay sueldos establecidos, por ejemplo, mil 200 pesos por una semana de trabajo. Las prestaciones sociales suelen estar ausentes. “Si acaso viáticos y material como cámara, pilas”, refiere Maricarmen.

La profesionalización de los reporteros también es escasa, persisten quienes llegan al periodismo por alguna coyuntura o necesidad laboral del propio periódico. Algunos optan por trabajos o negocios extras.

Así es el sur mexiquense. Región que atrajo reflectores cuando el 30 de junio de 2014, en el municipio de Tlatlaya, elementos del Ejército Mexicano ejecutaron a 15 civiles, según la Comisión Nacional de Derechos Humanos. Hechos donde fueron ultimadas un total de 22 personas.

Noticia que dio la vuelta al mundo, principalmente por la cobertura e investigación de medios internacionales como Esquire México y The Associated Press, quienes con base en testigos confirmaron la ejecución orquestada por los militares. Medios locales y de la capital mexiquense simplemente dieron seguimiento a la información revelada.

Martín Altamirano es productor de radio y actual coordinador de comunicación social en el Ayuntamiento de Tlatlaya. Reconoce que es difícil la operación de medios de comunicación. Y los que existen son de baja calidad.

“Es muy peligroso ser objetivo en esta región, porque lastimas los intereses, el periodista cuando habla con la verdad, lastima, aquí hay que ser netamente calculadores, es decir, ni mucha fantasía, ni muchas flores, es ahí donde viene la peligrosidad”, señala.

En esta región es frecuente la aparición de radios piratas. Para la gente es más fácil escuchar la radio. Martín ha pagado el precio de participar en proyectos de ese tipo.

En 2006 salía de trabajar en el Ayuntamiento de Tlatlaya y se trasladaba a “La Orgullosa”, radiodifusora pirata de Amatepec. Conducía un programa de música variada.

Por esos hechos la AFI lo detuvo, lo llevaron a Almoloya de Juárez y lo sentenciaron a dos años y medio de prisión. En este año volvió a ser detenido, presuntamente por una situación similar.

***

En estas condiciones el periodismo sureño convive con la problemática del narcotráfico y la colusión de autoridades gubernamentales. Situaciones que hacen palidecer la censura oficial, vía convenios publicitarios, o la falta de capacitación de los periodistas.

Hago la pregunta obligada al periodista Indalecio Benítez. Le cuestionó sobre el actual condicionamiento del crimen organizado a la libertad de expresión.

“Al menos a mí no me han molestado”, señala. Incluso antes del homicidio de su hijo no hubo señales de ningún tipo.

Pero en la región operan las reglas no escritas, las normas para sobrevivir haciendo periodismo. La autoprotección frente a los “señores” del narcotráfico, del crimen organizado.

“No los menciono, esa es una autocensura, de que si yo tuviera la certeza lo diría, pero mira, no sólo está en juego mí vida. Yo ya estoy viviendo en Luvianos, tengo varios hijos, mi esposa, mis padres, aquí ya no lo haces por ti, lo haces por los que te rodean”.

Antes de la agresión Indalecio tampoco tocaba esos asuntos. “Ni antes, ni después”.

Conoce del periodismo bajo acecho.

“Yo te puedo garantizar que aquí donde estamos, saben quiénes estamos, qué carros traemos, cómo venimos vestidos, todo lo saben”.

“Tienen un monitoreo en todas las carreteras, tienen fondas, motociclistas, y hay un reporte, acá pasó este carro”.

Sin embargo, el periodista reitera lo que ya dijo antes. No le tiene miedo al crimen organizado, sino al gobierno.

“¿Tú crees que si no me quisieran matar, me esperan por ahí?, es como quitarle un dulce a un niño.

“No es el crimen organizado el que me quiera matar, sino el sistema corrupto, porque somos como piedras filosas, si llega a ser el crimen organizado, es por el sistema. A mí me lo hizo el crimen organizado, pero con el gobierno”, insiste.

Aclara que esto no es juego.

“No te compete ni a ti, ni a mí arreglar ese asunto, yo lo he dicho, yo voy a hacer mi chamba, no la de otro, a mí me asesinaron un hijo, corresponde al juez y ministerio público condenar a estos güeyes. No soy yo, yo sólo pido justicia, nada más”.

Sólo quiere hacer su trabajo, no ser un medio del montón, no utilizarlo para fines personales o para hacerse rico, actuar con ética. “Yo no voy por lana”.

“La escuela que yo he recibido es la vida y de los chingadazos”, sentencia.

Con la periodista Maricarmen Aguilar trato de entender las palabras de Indalecio Benítez.

Le cuestiono sobre el dicho del periodista sureño: no hay temor al crimen organizado, sino al gobierno, pues si ocurren ataques del crimen organizado a periodistas es por la participación gubernamental.

Maricarmen casi me lo explica con manzanas. Lo comprendo con los episodios que narra:

En la década pasada hubo un atentado contra Osiel Jaramillo, cacique local de Luvianos, quien finamente fue desplazado por la Familia Michoacana, de acuerdo con reportes del portal Animal Político.

La periodista estuvo en el sitio del atentado.

Había un partido de fútbol en Luvianos, posteriormente se entregarían premios y habría un festejo en la comunidad de Caja de Agua, sin embargo, al terminar el cotejo todo el personal del Ayuntamiento, incluido el alcalde, apresuran la salida.

En ese momento atacan a Jaramillo, quien repele la agresión agotando su parque. A Maricarmen la suben a una camioneta donde inmediatamente le ordenan borrar todas las fotografías captadas.

El vehículo llega a un rancho de Luvianos, donde están las autoridades municipales. Ya no hay intención de ir a Caja de Agua. Ahí será la comida, mientras las llamadas telefónicas son constantes de ida y vuelta advirtiendo sobre la suerte de Jaramillo. Policías municipales hacen guardia en el lugar.

Otro episodio.

En una campaña electoral tiemblan las piernas de una candidata a diputada.

De gira por una carretera sureña la topan sujetos con carrilleras y armas largas. El “señor” la saluda, de beso. Sólo le recomienda: “sigan adelante, pero avisen”. En los matorrales un lanzagranadas advierte lo grave de la omisión. “Cuidado con las fotos”, dicen los sujetos cuando dejan avanzar al convoy de la candidata.

Ante eso no hay nada que hacer.

“Para nosotros (los periodistas) fue haciéndose algo muy normal, ya ni siquiera lo tengo que razonar, es como el instinto de sobrevivencia, si yo veo que estos (las autoridades) sabían, yo ya no averiguo, qué me importa”, explica Maricarmen.

Lo describe como parte de la cotidianeidad, de admitir la fuerza de los poderes públicos y fácticos.

“Si han sido tan amables conmigo, pues también tengo que ser amables con ellos”, expresa. “Es cuando te das cuenta de esa fusión que hay entre esas dos fuerzas”.

Es un periodismo bajo acecho, donde hasta reportear sobre bodas resulta peligroso si antes no se investiga quiénes serán los invitados.

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Nevith Condés tiene estudios de administración de empresas, un tiempo participó en el PRD hasta que llegó el Pacto por México, ha trabajado en Radio Roca, leyó algunos textos de periodistas argentinos y españoles. “De aquí soy”, dice.

Hace casi dos años, junto con un variado equipo, fundó El Observatorio del Sur, un portal digital de Tejupilco que hace periodismo de proximidad. Publican historias del maestro jubilado, el curandero, el joven que ingresó a la UNAM. Periodismo guache, como se denominan entre sí los lugareños de acá. También enfrentan a las autoridades omisas y hacen labor social mediante colectas o convocatorias públicas.

No se asume como periodista, pero su página tiene un amplio impacto en la zona sur del Estado de México. Busca reflejar la realidad social.

Aclara que optaron por no manejar noticias policíacas. Ya bastante deteriorada está la imagen de la zona calentana.

Su trabajo gusta. Incluso a “la gente”, a los “señores” de Tejupilco.

“De hecho con la mañosa, la maña, la mañana, un chingo de nombres que les ponen aquí, con esos güeyes quién sabe qué tenga brother, pero hasta me defienden, neta”, dice.

Hace unos días Nevith se entera que el Secretario estatal de Salud, Gabriel O´Shea, está en el Hospital de Tejupilco. Lugareños denuncian el desabasto de medicamentos, no hay ni paracetamol.

El periodista arriba con cámara y listo para una transmisión en Facebook. Sólo llega hasta la reja. Le impiden el paso mientras el funcionario, acompañado del diputado local del PRI, Anthony Domínguez, opta por otra salida.

Esa noche Nevith recibe una llamada telefónica.

“Oye cabrón, no mames”.

“¿Qué paso, quién habla?”, contesta el periodista.

“No, pues ya sabes compa, la gente, pues quién más va a hablar, dice el jefe que te sacaste un diez güey.

“A nosotros también nos conviene, al rato que no haya ni vendas, ni nada, con qué nos van a tapar el hoyo”, dice la persona del otro lado de la línea telefónica.

“¿No hay pedo?”, insiste Nevith.

“Dice el patrón que le eches ganas y cualquier cosita que te digan, ya sabes güey”, insiste la anónima voz.

El periodista no se confía, sabe que en esos asuntos manda el dinero.

“No te hablo de ellos como un ferviente admirador, y que gracias a ellos estamos bien, te hablo como es”.

Sus temas no son el crimen organizado.

“Los evito, el que busca, encuentra”.

No incluir noticias policíacas o rojas, reitera, es para no dañar más la imagen del sur y reforzar la identidad de la región; mejor involucrarse con las historias de los vecinos.

“Así como está el sur está todo el país, nada más que cada quien ve la paja en el ojo ajeno, a mí me dicen que en Toluca está más cabrón que aquí, aquí no violan, ni asaltan a plena luz del día”.

El Observatorio del Sur cuenta con autonomía financiera. Ha logrado tejer una red de anunciantes entre comercios y negocios. Escapa del control y amago de los Ayuntamientos, vía los convenios publicitarios.

Sin embargo, Nevith advierte que es difícil hacer periodismo. Es una región abandonada por las autoridades de los tres niveles de gobierno, no hay Ley, y los propios periodistas están atomizados.

“El periodista, cada quien, se rasca con sus propias uñas por diferentes causas, simple y sencillamente porque no hay un Estado de Derecho”, expresa, “no hay quien te haga el paro, más que tú mismo tienes que crearte el respaldo y confianza de la gente”. Es el periodismo bajo acecho.

***

Indalecio Benítez está reunido con el Secretario de Gobierno del Estado de México, José Manzur.

“Indalecio, veme a los ojos, quiero decirte que no estas con el Secretario de Gobierno, estas con un amigo, y ahora que te regreses para el sur quiero que digas que José Manzur es tu amigo. Dime qué quieres y lo hacemos.

“La regamos, reconocemos que actuamos de mala fe contigo, que se hicieron mal las cosas y que no era así, ¿cómo quieres que se arreglen las cosas?”, le dice Manzur al periodista sureño.

“Quiero un comunicado, pidiéndome disculpas y reconociendo eso públicamente”, contesta Indalecio.

La periodista Maricarmen Aguilar, presente en la reunión junto con un abogado de Propuesta Cívica, insiste que sea un comunicado con máxima publicidad.

“¿En qué medios los quieres?”, revira Manzur.

“Aquí en el estado”, insiste el periodista.

“Si hay que pagar, pagamos a nivel nacional Indalecio. Es más, te voy a dar el balón, juégalo en tu cancha, y después me lo regresas”.

Todo empieza el 4 de noviembre de 2015. La Coordinación General de Comunicación Social del Estado de México emite un sorpresivo comunicado de prensa, donde relata un operativo realizado el 15 de octubre de ese año en el municipio de Luvianos.

Durante dicho operativo elementos de la Marina y del Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT) clausuran la Calentana 98.1 FM debido que no contaba con el permiso para explotar el espacio radio eléctrico, además de que sus locutores incitaban a respaldar a grupos criminales, según el comunicado emitido por el gobierno de Eruviel Ávila.

Cuando arriban los marinos a la cabina de radio está conduciendo José de Paz Morales, maestro de música, invidente.

“Conmigo no hablen nada, si quieren hablen con Indalecio, él es el dueño”, dice el locutor, quien les entrega micrófonos y equipo a los militares.

“Los requisitos ya los habíamos cumplido”, afirma Indalecio, quien por esas fechas sigue en la Ciudad de México bajo el Mecanismo de Protección a Periodistas. A cientos de kilómetros su radiodifusora es vinculada al crimen organizado. Protegido y acusado en un mismo momento.

Tras las reuniones con José Manzur, en junio de 2016 el gobierno estatal publica el boletín donde se desmiente a sí mismo por lo publicado en 2015. Comunicado que elabora la periodista Maricarmen Aguilar. Fue el balón que le prestaron a Indalecio Benítez.

Pero al margen de balones prestados y revires en comunicados del gobierno de Eruviel Ávila, el periodista sureño percibe otra vendetta.

El 3 de diciembre de 2008 un operativo de entre 40 y 60 vehículos de la Policía Ministerial toman el pueblo de Luvianos, buscan a los responsables del asesinato de tres policías ministeriales en Tejupilco. La cacería no distingue y provoca el enojo de los luvianenses ante los allanamientos y detenciones arbitrarias. Barren parejo.

Con el perifoneo móvil Indalecio convoca a una marcha por la dignidad y justicia, moviliza a sus vecinos y pide la salida de los ministeriales. En 2013 ocurre otro operativo de la Marina y vuelven a manifestarse ante la cacería de jóvenes que busca narcotraficantes entre la población civil.

El periodista saca sus conclusiones. Con el homicidio de su hijo ya habían logrado sacarlo del pueblo, faltaba cerrarle la radiodifusora. No lo lograron, tras este episodio la radio comunitaria obtiene los permisos para transmitir en la frecuencia de 96.5 FM bajo el nombre de Calentana Luvimex. Sigue al aire.

***

Desde Toluca, el gobierno mexiquense invierte sumas millonarias en medios de comunicación, es costumbre de los gobernadores en turno, casi obligación presupuestal.

De acuerdo con la solicitud de información pública de folio 00072/CGCS/IP/2017, presentada ante la Coordinación General de Comunicación Social del gobierno estatal, entre el 16 de septiembre de 2011 y el 31 de agosto de 2017, que comprende casi toda la gestión del Gobernador Eruviel Ávila, la administración mexiquense gastó 802 millones 162 mil 149.06 pesos en la contratación o pago a medios o empresas de comunicación.

Dicha inversión es parte del programa de Comunicación Pública y Fortalecimiento Informativo.

Mediante este programa se busca “incrementar la cobertura y difusión de las actividades de gestión del Ejecutivo Estatal a través del diseño de estrategias de comunicación institucional sobre obras, programas y acciones de gobierno”.

Además de “fortalecer los esquemas de difusión del quehacer gubernamental, las relaciones con los medios de comunicación, para acercar la información gubernamental a la población del estado orientada a motivar su participación”.

En respuesta a la citada solicitud de información pública, la Coordinación General de Comunicación Social asegura que las contrataciones en materia de medios y empresas de comunicación se realizan con apego a la Ley de Contratación Pública del Estado de México y Municipios.

Por décadas ha sido así. La denominación pudo haber sido distinta, pero cada año el gobierno del Estado de México destina millones de pesos para “fortalecer” su relación con los medios de comunicación. Esquema que reproducen los Ayuntamientos y otros organismos gubernamentales.

Es la política estatal en materia de comunicación social que impacta en el periodismo mexiquense, cuyos antecedentes, como indican distintos especialistas y periodistas, podrían remontarse a la época del gobernador Isidro Fabela, aquel que muchos identifican como el fundador del Grupo Atlacomulco, cofradía y dinastía política que sigue gobernando al Estado de México.

Al paso de los años esto ha producido un clientelismo mediático mientras el periodismo en el Estado de México se vuelve instrumental, respecto del poder político, y militante en su ejercicio profesional, así lo advierte la periodista y catedrática universitaria, Patricia Maldonado.

Tal conclusión deriva de su tesis de doctorado que realizó en la Universidad Iberoamericana, análisis donde estudió tal clientelismo, específicamente en medios impresos.

“El periodista actúa como una persona en época de campañas. A nosotros nos utiliza el gobierno como parte de una estrategia política para poder difundir su información y posicionar lo que él quiere.

“El instrumento del que se vale es la publicidad oficial y las prebendas o regalías que se entregan directamente a los periodistas”, señala.

Converso con ella en un restaurante de Toluca, lejos de la dinámica del periodismo sureño, pero cerca de la realidad que viven miles de periodistas mexiquenses. Se palpa.

“Este hecho, que se da a partir del uso del presupuesto público para coartar y coaccionar a los periodistas, es el que trae al ejercicio del periodismo la autocensura del periodista, porque te limitas en varias cosas.

“Si recibes dinero del gobierno, en automático lo que haces es censurar información que puede afectar a tus intereses, te conviertes en un vocero, en un publicista, pierdes la esencia del periodismo”, indica la también catedrática del Tecnológico de Monterrey.

Su tesis, que es un estudio inédito a nivel estatal, reúne evidencias sobre apoyos a periodistas que incluso están fuera de la publicidad oficial. Escenario donde el periodismo es más de tipo aspiracional, al convertirse en un medio para beneficiarse personalmente.

“Estamos hablando de periodistas que reconocen en promedio recibir desde 15 mil hasta 150 mil pesos al mes por debajo del dinero que se entrega, y todo se hace a través de un esquema, que se les habla el día último de mes para la entrega de documentos”, refiere.

Eso no sólo ocurre a nivel de la Coordinación General de Comunicación Social, sino en otras instancias de gobierno. “A esta relación prensa-poder y la forma en que se entreteje fue como lo denomine clientelismo mediático”.

En el caso de la capital mexiquense, la especialista contabilizó 220 publicaciones que reciben recursos gubernamentales. El monto más pequeño asciende a 5 mil pesos.

Y es que el negocio no está en conseguir convenios o apoyos del gobierno estatal, sino en la cantidad de convenios que puedan realizarse con los 125 Ayuntamientos mexiquenses, quienes en sus respectivas regiones replican la dinámica del Ejecutivo estatal, o cosechar acuerdos con alguno de los 75 diputados locales.

En ese universo de posibles proveedores, dice, también están los sindicatos oficiales del magisterio estatal y federal, así como políticos que están en campañas a largo plazo.

Esto ocurre en un contexto donde los salarios para periodistas son bajos, pero los dueños de medios saben que el reportero puede recibir ingresos extras del sector público.

“Lo que menos te importa aquí es el público”, aclara.

Maldonado identifica que al menos el 75 por ciento de los ingresos de los medios de comunicación provienen de la publicidad oficial, lo cual ha provocado que estas empresas no fomenten la comercialización de espacios entre el sector privado o comercial.

Dicha problemática está acompañada de otros factores: la mayoría de los directivos de medios de comunicación no son periodistas y el propio reportero advierte que la ciudadanía es indiferente a la problemática social.

“Está dinámica se ha mantenido así, y lo que ha traído como consecuencia es que tanto periodistas como medios somos un instrumento más de control político”, indica, “estamos participando en la estrategia de corrupción”.

En esta ruta el periodismo también está ligado a grupos políticos, tanto del PRI o partidos de izquierda, lo cual demerita aún más el ejercicio periodístico, pues se trata de publicaciones que sólo reproducen boletines de prensa.

En su trabajo de investigación Maldonado incluye un análisis de contenido de medios representativos como El Sol de Toluca, Hoy Estado de México, Adelante en la Noticia y El Correo del Estado de México. El resultado fue contundente.

“En el 99 por ciento de los casos el periodismo que se hace en el Estado de México es militante, no hacemos investigación, no aportamos nada de la vida cotidiana, de la realidad social, boletines y gacetillas. Todo eso tiene un beneficio para el propietario de los medios”.

Todo esto ocurre, explica, mientras los periodistas saben los verdaderos ideales del periodismo. Además de que nuevas generaciones de universitarios están arribando al periodismo mexiquense.

“Para no tener problemas así nos la llevamos y los periodistas acabamos haciendo lo que podemos, o los que están de independientes, sobreviviendo con lo que haya, y desgastándonos, a muchos se nos hace más fácil entrarle a ese círculo o de plano mejor me dedico a otra cosa, porque es muy mal pagado”, afirma la catedrática universitaria.

Lo mal pagado, insiste, tiene relación con una estrategia más estructural de control. “Calladito y te doy de vez en cuando”. En esas condiciones hablar de coberturas de investigación o sobre el crimen organizado resulta ocioso.

A ello se suma que muchos periodistas no se preocupan por capacitarse. Lo cual impide tener mayores horizontes para escapar de esa dinámica o cambiar modos de conducta.

“La semana pasada se juntaron directores de medios con el gobernador (Alfredo del Mazo Maza), entonces qué es lo que se dice: bienvenido, estamos a su servicio, lo que se le ofrezca”.

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“Yo soy de los pinches necios, cuando algo me sale mal, es cuando más ganas me salen de hacer las cosas, no le paro hasta que lo haces bien, no soy de los que se someten”, reflexiona Indalecio Benítez a unos metros del derruido camino que conduce a San Antonio del Rosario.

Sus palabras calan. Hablamos de si en algún momento ha pensado cambiar de actividad profesional. “Me gusta lo sufrido”, dice. “No sé si sea un don o un desperfecto”.

Atino a preguntarle si es pasión por el periodismo, por la defensa de los derechos humanos o como se le llame a esa vocación de vivir así.

“Es pasión, interés, necesidad de demostrar que tenemos razón”, afirma. “Pero también hay satisfacciones, el hecho de lograr lo imposible es algo diferente”.

“Me podrán matar a mí, pero mi ideal no lo van a matar, es más la semilla está sembrada, mis hijos la llevan, las personas saben mi ideal”, remata.

Apago la grabadora. Él me pide escribir la verdad, asiento con un movimiento de cabeza. Mis acompañantes y yo nos despedimos de quienes aún permanecen en el rancho del alcalde de Tlatlaya, apuramos el paso. La noche se cierne sobre el sur del Estado de México.*

 

Fotografías tomadas de Calentana Luvimex y de Maricarmen Aguilar.