Desde los inicios del cine, el documental surgió como una manera de registrar una perspectiva subjetiva acerca de la realidad. Ligada en sus orígenes con la etnografía, vemos, por ejemplo, en el film Nanook (Flaherty, 1922) cómo la relación entre la cámara y la realidad “se inventa, se revela desde el interior de una experiencia cotidiana, así como desde el interior de las imágenes” (Breschand, 14). Al considerar a esta obra fílmica como el inicio del documental cinematográfico, la relación entre la etnografía marcó un factor determinante en el proceso histórico del cine documental; justamente para “revelarse” desde una intencionalidad artística inherente a un lenguaje específicamente cinematográfico, desde la complejidad de una intención histórica de archivo audiovisual.
Desde esta intersección entre una mirada social y al mismo tiempo artística, el archivo documental audiovisual puede entenderse no sólo como un repositorio de imágenes en movimiento, sino como un dispositivo de construcción de memoria colectiva que emerge más allá de la descripción: la perspectiva estética de lo humano.
Es así que, el cine documental evidencia una forma humana de habitar el mundo desde una perspectiva ética y artística. Mediante la producción narrativa, a través de la anécdota temática, los movimientos de cámara y el montaje; se evidencia una postura frente a la realidad. Este aspecto permite que el documental cinematográfico no sea solamente descriptivo, sino una manera de escritura histórica, mediada por la percepción de quien crea y documenta al mismo tiempo.
A diferencia de los documentos escritos de archivo, el documental cinematográfico despliega la perspectiva humana de la existencia en la simultaneidad de las dimensiones sensoriales, pero también en la experiencia afectiva y simbólica del tiempo y el espacio. En este tipo de archivo, no solamente está la huella de lo que se pretende registrar, también se encuentran indicios de lo que la mirada cinematográfica no abarca, pero al mismo tiempo invita a explorar.
En el ejemplo del documental Nanook, la escritura de palabras y la producción visual se complementan para configurar una mirada narrativa de la memoria histórica, sin sonido. Durante la proyección del cine mudo, la música era interpretada en directo por pianistas o pequeñas orquestas en las salas de cine; y posteriormente, con la tecnología, el sonido se ha reconstruido. En el cine documental actual, el sonido se registra al mismo tiempo que la imagen se produce, dando como resultado un documental audiovisual: un archivo en movimiento.
De este modo, el cine documental cinematográfico presenta, por un lado, una intención artística y por el otro, una intencionalidad etnográfica: ambas perspectivas en conjunto permiten la experiencia socioespacial de lo humano, que habita también, la representación simbólica de una memoria colectiva.






























