Hay momentos históricos que parecen marcados en el calendario por una fecha, un mes o una conmemoración en especial y que a veces dejan de lado y casi en el olvido, el entramado de sucesos que hicieron posible cierto acontecimiento, afortunado para unos y considerado como desafortunado, para otros. Tal es el caso del año 1492.
Pero esta vez, más que centrarme en las nociones de modernidad o en la reflexión acerca del término “descubrimiento”, que parece ser mejor comprendido en el contexto del siglo XV -en medio de un ambiente de inventores, artistas, científicos y “descubridores” del humanismo renacentista-, y que ha sido cuestionado por los intelectuales contemporáneos; me centraré en la historia de una niña huérfana de padre a los tres años y cuya infancia vivió en medio de la escasez con su madre y hermano, y que sin estar “destinada” a serlo, se convirtió en una princesa.
Su nombre es Isabel -como el de su madre de origen portugués-, de ojos azulados y cabello rubio rojizo como su abuela Felipa de Lancaster. Isabel y su hermano Alfonso eran hijos del segundo matrimonio de su padre, el rey Juan II de Castilla, y vivián lejos de la corte en Madrigal. A diferencia de su hermano, don Enrique, hijo del primer matrimonio, quien creció en medio de los excesos de la realeza, Isabel y Alfonso fueron criados por su madre, quien, en medio de la tristeza y la soledad, padecía un desequilibrio mental. La educación de la niña Isabel también fue acompañada por Beatriz de Silva, una dama portuguesa quien, acompañando a la reina, educó a los niños con cantos de cuna tanto en español como en portugués, además de lecturas religiosas y de autores clásicos.
Cuando la niña Isabel tenía tres años, su padre murió, dejando un testamento generoso para ella, su madre y su hermano Alfonso, que en términos económicos no correspondía con la vida modesta que llevaban lejos del palacio real en Madrid. Sin embargo, en ese documento había algo más. De acuerdo con la voluntad del rey Juan II, en la línea sucesoria, su hija Isabel tenía la posibilidad de ser heredera de la Corona de Castilla y León. El primer sucesor sería Enrique, quien, en caso de morir sin herederos, dejaría el trono a su hermano Alfonso, incluso si todavía no alcanzara la mayoría de edad. Y si Alfonso moría sin herederos, Isabel sería la heredera a la Corona de Castilla y León. Tal como sucedió. Enrique, siendo rey heredero, quiso asegurarse de que la sucesora al trono fuera su hija Juana, apodada la “Beltraneja” porque se decía que no era hija legítima del rey. Por su parte, Alfonso fue apoyado por algunos miembros de la corte para que “destronara” a su hermano Enrique. Pero Alfonso, murió misteriosamente envenenado. Y los mismos políticos que apoyaron a Alfonso, también apoyaron a Isabel, para que se convirtiera en princesa heredera y sucediera a Enrique.
De acuerdo con los cronistas de la época y con el historiador Luis Suárez, en su libro Isabel La Católica, Isabel I, Reina la educación de Isabel, lejos del ambiente decadente de la Corte en Madrid, le formó un carácter decidido, mediado por la inteligencia y en consonancia con sus propias emociones. No se quebró ante la muerte de su hermano Alfonso. Al contrario, no solamente pactó con Enrique a favor de su derecho a ser princesa heredera, por voluntad de su padre; también pactó el derecho a elegir libremente con quien casarse. Y aunque, desde la lejanía del siglo XXI, el tema del matrimonio pareciera caduco, Isabel marcó un camino en el papel de la mujer en los espacios públicos y la política, pero también en el cuidado de su propio espacio interior. E incluso, ya casados, Isabel seguía conservando el mando alto sobre los reinos de Castilla y León, y Fernado sobre los de Aragón, es decir, ninguno de los dos perdió poder político ante el otro por su matrimonio.
Isabel tomó la decisión de casarse con Fernando de Aragón, quien, a diferencia de sus pretendientes franceses y portugueses, compartía el idioma y el linaje, ambos necesarios para defender a su reino, si fuera necesario. El historiador Luis Suárez menciona que Isabel eligió a Fernando porque sentía por él un cariño especial al ser del mismo linaje de la Casa de Trastámara. En señal de haberlo elegido, ella portaba un medallón con el retrato en miniatura de Fernando. Ambos lograron en 1492 poner fin a 800 años de una guerra religiosa entre moros y cristianos, además de recuperar el territorio de la Granada española. Y claro, casi se me olvida mencionar que también en 1492 la reina Isabel negoció con Luis de Santángel, mercader converso, el financiamiento del primer viaje de Cristóbal Colón.
Isabel, además de ser una niña que creció entre lecturas, cantos y a veces, carencias económicas y situaciones familiares; también, como algunas niñas, soñó con ser princesa y una historia de amor.
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