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Opinión

¿Los últimos días del Grupo Atlacomulco?

Terminó el ciclo histórico del Grupo Atlacomulco, pero no por la elección del 4 de junio, donde Morena tiene altas posibilidades de ganar la gubernatura del Estado de México.

No. Hace más de 20 años en la elección de gobernador de 1999, el reloj histórico estableció las condiciones para el fin de la hegemonía priista. Sólo el poder económico, la adaptabilidad de la clase política del PRI y los errores de la oposición impidieron la debacle inminente.

Y tras la regeneración vino la nueva entronización que permitió la llegada de otros tres gobernadores del PRI, sin embargo, fueron mandatos del artificio, producto de la construcción de personajes mediáticos montados en el derroche presupuestal, aderezado en el asistencialismo social como moneda de cambio para la legitimación política.

Antes de 1999, el Grupo Atlacomulco conservó el gobierno estatal con un férreo control político, facilitado por la incipiencia de una oposición que no permeaba en una sociedad favorecida por el discurso del grupo dominante.

Sin embargo, después de 1999 esa fórmula ya no funcionó. Había que duplicar la dosis a costa de alterar la ruta histórica. Por ello, el ciclo del PRI y su Grupo Atlacomulco ya terminó. El 4 de junio simplemente será una cita pospuesta con la historia.

El final que no llegó

En 1999, la clase política del PRI mexiquense se debatía entre la necesidad de adaptarse a la ola democrática que se cernía sobre el país desde 1988 y la inercia de viejos cuadros de otras épocas.

Con un proceso de simulación democrática, que ocasionó la fractura del entonces precandidato, Humberto Lira Mora; el exdirigente del PRI estatal, Arturo Montiel Rojas, se convirtió en el candidato a gobernador del partido tricolor.

En aquel año ya era evidente el desgaste de una clase política que había llegado de la región de Atlacomulco desde mediados del siglo anterior. Su único asidero era la férrea disciplina impuesta a sus dirigentes, vía la aplicación discrecional del presupuesto público.

Ya no era el otrora poderoso partido de los padres fundadores del PRI. El desgaste de gobernar sin interrupciones tenía secuelas en el ánimo ciudadano. Además, en 1999 los priistas enfrentaron una oposición más consolidada y con mayor dominio territorial.

Apenas tres años antes, en las elecciones locales de 1996 se había encendido un foco rojo. La mayoría de las ciudades metropolitanas del Estado de México optaron por el PAN o PRD. En la zona norponiente se creó el corredor azul y en la región oriente apareció el primer corredor amarillo. La otrora oposición de aquel entonces.

El avance de una clase media más tendiente al cambio político, combinado con una mayor presencia de movimientos sociales enfocados al bienestar social fueron la fórmula para esa primavera democrática de 1996, que también se tradujo en una Legislatura local de mayores contrapesos, sin mayorías aplastantes del PRI.

Durante la campaña de Arturo Montiel el rechazo social al tricolor se pulsaba. Basta recordar aquella visita al estadio de la Universidad Autónoma del Estado de México donde fue abucheado por jóvenes universitarios, sin embargo, el control sobre la mayoría de los medios de comunicación locales y el ajuste de la estructura electoral basada en compensaciones y dádivas a los electores fueron determinantes para el resultado final.

En el conteo oficial, su principal contrincante fue el panista José Luis Durán Reveles, postulado por el PAN y PVEM, seguido de Higinio Martínez Miranda, quien fue el candidato del PRD y PT.

Ganó Montiel, pero el resultado histórico fue que la suma de los votos de las dos alianzas opositoras representó el 57 por ciento de los sufragios emitidos. El candidato priista sólo obtuvo el 42 por ciento de la preferencia. En los hechos, la mayoría de los electores mexiquenses habían decretado el fin del Grupo Atlacomulco, sin embargo, las alianzas opositoras no habían sido suficientes. La hegemonía priista había pospuesto su cita con la historia. Había evitado el fin.

Sanar heridas

El conflicto postelectoral permitió la unión tardía de la oposición, principalmente en el Congreso local, donde con apuros Montiel Rojas pudo rendir protesta, gracias a la volatilidad ideológica de algunos opositores. Así inicio el nuevo siglo, con un nuevo PRI urgido de regenerarse y curar sus heridas a toda costa.

Y así ocurrió. En el gobierno de Arturo Montiel se alienta a ese grupo de políticos conocidos después como los Golden Boys, agrupados en torno a Enrique Peña Nieto. El sobrino del gobernador que ya preparaban para altos vuelos.

De manera paralela, los priistas advierten que las elecciones ya no las ganarán solamente con el trabajo territorial y la compra de conciencias, sino ahora necesitarán fortalecer el imaginario colectivo de los electores, mediante la construcción de personajes en escenarios de televisión. La política hecha imagen. El costo no importa. Los presupuestos públicos están su servicio.

En esta ruta no es complicado que Enrique Peña Nieto gane la gubernatura en 2005, con lo cual quedó trazado el camino para la elección presidencial de 2012. El único fracaso para el Grupo Atlacomulco fue que el exgobernador Arturo Montiel fue exhibido por su riqueza personal y ya no pudo contender por la Presidencia de la República, no obstante, la casa mexiquense estaba en orden. La historia les favorecía.

En 2011, el Grupo Atlacomulco estaba tan confiado en su control electoral que el candidato idóneo para suceder a Peña Nieto, era su primo Alfredo del Mazo Maza. Los operadores políticos ya anunciaban la llegada del sucesor cuando ocurrió un viraje. La candidatura era cedida al exalcalde de Ecatepec, Eruviel Ávila Villegas. Un juego de estrategia para la propia rentabilidad de la clase política del PRI.

Oposición mermada

En ambas elecciones de la gubernatura, la de 2005 y 2011, ocurrió un fenómeno que favoreció aún más las victorias priistas: la oposición vivía un rápido desgaste, lo cual le hizo perder espacios ya ganados. Además, en el balance final el Grupo Atlacomulco seguía siendo una fuerza dominante al seguir ostentando el Poder Ejecutivo estatal.

Dicho fenómeno puede evidenciarse a partir de lo ocurrido en el Congreso del Estado de México, quien de 1996 a 2009 vivió una primavera democrática, donde el voto ciudadano determinó que no existiera ninguna fuerza dominante, lo cual implicó un nuevo juego parlamentario basado en la pluralidad electoral. PRI y opositores equilibraban fuerzas.

No obstante, hubo factores que advertían ese rápido desgaste de la oposición. Por ejemplo, en la 54 Legislatura local (2000-2003), la conformación parlamentaria terminó favoreciendo al PRI tras la salida de 13 diputados del PAN que se hicieron independientes y terminaron votando con el tricolor, quien auspició el conflicto interno de los panistas.

Además, durante esa primavera democrática el saldo legislativo fue favorable para el gobierno estatal, quien siguió teniendo la batuta en la agenda parlamentaria, mientras a la oposición, salvo excepciones, no le alcanzo el tiempo para dibujar el perfil de la alternancia electoral.

La regeneración del Grupo Atlacomulco quedó confirmada en los comicios de alcaldes y diputados locales de 2009. Fue una reedición del pasado. El PRI recuperó la mayoría en el Congreso local que no detentaba desde el siglo anterior. Adicionalmente ganó alcaldías de los corredores opositores. Duplicar la dosis del control político había funcionado, mientras la clase política de la oposición vivía un prematuro ocaso que sólo tendría un nuevo empuje hasta el remolino electoral de 2018.

La ola de Morena

Para 2017 la promesa se le cumplió al primo y Del Mazo Maza fue postulado a la gubernatura. La diferencia fue que encontró un escenario totalmente distinto al de hacía seis años.

Compitió contra Delfina Gómez Álvarez, un nuevo rostro de la oposición, postulada por el partido emergente de Morena, quien ya se alistaba para la elección presidencial del siguiente año que ganaría Andrés Manuel López Obrador.

Aquella cita pospuesta con la historia volvía a hacerse presente para el tricolor, quien con Enrique Peña Nieto en la Presidencia de la República hizo acopio de todos sus recursos para garantizar la victoria de Alfredo del Mazo Maza. Fuerte y con todo apenas logró ganar con una diferencia de 2.7 por ciento.

Fue una pírrica victoria. Al siguiente año López Obrador ganó la Presidencia de la República. El Grupo Atlacomulco se replegaba nuevamente al Estado de México, donde el mapa electoral también se transformaba con el avance de Morena en las alcaldías y el Congreso local.

Incluso Del Mazo Maza tenía que abrirle las puertas a Delfina Gómez, ahora como delegada del gobierno federal. Un nuevo escenario que condicionó al sucesor de la dinastía de Atlacomulco. Ya no estaban del lado correcto de la historia.

Rumbo al 4 de junio

En la ruta político-electoral del Estado de México, el próximo 4 de junio no se votará sólo por una nueva gobernadora. No. El próximo domingo los mexiquenses acudirán a aquella cita histórica que se pospuso desde hace más de 20 años.

Más allá de la beligerancia electoral donde se habla de “batallas maestras” o llaman a los “valientes” a defender “la tierra sagrada”, la elección del 4 de junio lleva implícito este reto histórico para los electores.

Hoy se reedita la oportunidad para responder a esa necesidad natural de la alternancia política de todo sistema democrático.

Pensar que un partido o grupo político llegue a gobernar durante 100 años, de manera ininterrumpida, suena infernal. No es adecuado para la oxigenación de un proyecto de gobierno, ni para la generación de políticas públicas sustentadas en el verdadero bienestar de la sociedad.

La entronización de una elite política también provoca que la ciudadanía no pueda realizar ninguna comparación en las políticas de gobierno. En el Estado de México la alternancia ha ocurrido en el ámbito legislativo y municipal, pero nunca a nivel del Poder Ejecutivo estatal.

En este contexto, el verdadero cambio político siempre será necesario para replantear ejes de gobierno, advertir con visiones distintas áreas de oportunidad, darles voz a más sectores de la población y ejecutar decisiones que siempre deberán estar bajo el escrutinio público. Un cambio siempre será oportunidad para alentar la participación ciudadana y fortalecer los derechos humanos.

Por ello, la importancia de dimensionar el escenario histórico que caminamos los mexiquenses. La posibilidad de alternancia es real, no es nueva, simplemente la historia volverá a encontrarnos en las urnas. *

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