El Partido del Trabajo ha sido, desde finales del siglo XX, un partido bisagra de la izquierda mexicana. Su alianza con el PRD en los procesos federales de 2000, 2006 y 2012 respondió en gran medida a sus coincidencias programáticas y a su objetivo de alcanzar el poder tanto a nivel nacional como en el ámbito local. Incluso el crecimiento electoral y legislativo del perredismo entre el año 2000 y el 2012, está relacionado con su alianza con el PT. El cual ha aportado nichos territoriales y cuadros locales donde el PRD no tenía presencia.
De esta forma, en 2006 y 2012, el PT no solo aportó votos; también contribuyó a la narrativa de unidad de la izquierda alrededor de la figura de Andrés Manuel López Obrador. Incluso cuando su peso electoral fue menor que el PRD, su respaldo permitió presentar los proyectos presidenciales del lopezobradorismo como coaliciones amplias, no como esfuerzos partidistas aislados. Esta función simbólica y organizativa fue clave tras la crisis poselectoral de 2006 y durante la resistencia del llamado “gobierno legítimo”.
La creación de Morena no rompió esta lógica: la alargó y la profundizó. Desde 2017, el PT tomó una definición estratégica temprana al apoyar a Morena y a López Obrador, incluso cuando el PRD y MC se negaron a hacerlo. Esta decisión fue determinante para la conformación de la coalición Juntos Haremos Historia en 2018.
En la elección presidencial de 2018, el PT aportó algo más que porcentaje de votos: aportó estructura territorial en distritos específicos, candidatos ya posicionados y experiencia en ingeniería electoral. Gracias a esta alianza, Morena logró no solo la Presidencia, sino una mayoría legislativa funcional, imposible de alcanzar en solitario. En la Cámara de Diputados, el PT contribuyó con casi 30 legisladores; esa cifra fue crucial para construir la mayoría absoluta.
Entre 2021 y 2024, la importancia del PT para Morena se volvió menos visible mediáticamente, pero más decisiva políticamente. Morena creció, sí, pero también enfrentó desgaste, conflictos internos y una creciente presión por candidaturas. En este contexto, el PT funcionó como amortiguador del voto de castigo en regiones donde Morena no tenía liderazgos sólidos, como válvula de escape para cuadros inconformes, que encontraron en el PT una vía aliada, no opositora y como socio legislativo confiable en la mayoría de las reformas, salvo excepciones estratégicas.
Los conflictos recientes en Veracruz, Coahuila y Oaxaca suelen interpretarse como señales de un “rompimiento estructural”. Sin embargo, un análisis panorámico, muestra que se trata de conflictos locales, no de una ruptura estratégica nacional. En Veracruz, la ruptura respondió a la negativa de Morena de ceder más candidaturas al PT, lo que este interpretó como subutilización de su fuerza territorial; aun así, dirigentes de ambos partidos reconocieron públicamente que la separación perjudica a ambos. En Coahuila, la tensión se vinculó a liderazgos específicos y a la recomposición local, no a una redefinición ideológica de la alianza.
En Oaxaca, el gobernador Salomón Jara se empeñó en desconocer los acuerdos de Morena con el PT local e incluso ha sido más condescendiente con el PAN y el PRI en muchos asuntos políticos. Más aún, hay evidencias de que actuó al margen de la ley para inflar el resultado de su revocación de mandato por lo cual ha sido denunciado como “usurpador” por los líderes del PT en Oaxaca.
El caso más visible de ruptura, fue el choque legislativo en torno al llamado Plan B de la reforma electoral. La negativa del PT a respaldar íntegramente la propuesta de Morena y de la presidenta Claudia Sheinbaum provocó una escalada discursiva inédita, con acusaciones de “traición” y distanciamiento abierto en el Congreso local. No obstante, incluso en Oaxaca el PT terminó votando en lo general a favor de la reforma, lo que revela que el desacuerdo fue táctico y negociador, no de oposición frontal.
Mirando hacia 2027, la pregunta no es si Morena puede prescindir del PT, sino qué costo político tendría hacerlo. Las elecciones intermedias de 2027 renovarán la Cámara de Diputados y múltiples gubernaturas; históricamente, este tipo de comicios castigan al partido en el poder. En ese escenario, el PT es valioso por al menos cinco razones fundamentales: suma marginal que define mayorías, de manera que, en una elección cerrada, 2 o 3 puntos porcentuales pueden definir distritos clave. El PT ha demostrado que puede aportar esos márgenes en regiones específicas, especialmente en el centro-sur del país.
También ha sido funcional para el control de conflictos internos en Morena. Es decir, el PT permite canalizar ambiciones locales sin romper con el bloque de la Cuarta Transformación. Sin ese aliado, muchos liderazgos podrían migrar a la oposición o fragmentar el voto progresista. Igualmente, la alianza PT-Morena genera una imagen de coalición amplia, ya que fortalece la idea de que se trata de un movimiento plural. Prescindir del PT reforzaría la narrativa de partido hegemónico y soberbio, una crítica que ya aparece incluso en voces aliadas. Finalmente, Morena necesita al PT como aliado legislativo. Si en 2027 Morena pierde fuerza legislativa propia, cada diputado aliado contará. La experiencia del PT en negociación parlamentaria ha sido clave desde 2018.
El PT ha acompañado a López Obrador —y ahora a Sheinbaum— desde hace más de dos décadas. Romper esa alianza tendría un costo electoral y simbólico alto, tanto hacia la militancia como hacia el electorado histórico de izquierda.































