Los recientes acontecimientos en torno al Estrecho de Ormuz y la llegada de un buque ruso con petróleo a Cuba deben entenderse como expresiones de un mismo fenómeno; a saber, el imperialismo norteamericano y su necesidad de controlar los flujos energéticos como herramienta geopolítica.
El conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán pone en evidencia cómo las potencias imperialistas buscan asegurar el control de rutas clave como el Estrecho de Ormuz, por donde circula más del veinte por ciento del petróleo mundial.
EUA busca garantizar condiciones favorables para la acumulación de capital a escala global, ante su decadencia económica frente a China y los BRICS. La interrupción de estos flujos altera precios, desestabiliza economías dependientes y redefine correlaciones de fuerza entre Estados.
En este contexto, sobre Cuba se impone el control energético para provocar un cambio de régimen que favorezca a los capitales imperialistas. El bloqueo económico impuesto por Estados Unidos desde 1962, tras el triunfo de la Revolución, ha sido una herramienta sistemática para limitar el desarrollo de la isla.
El bloqueo constituye un mecanismo de asfixia prolongada que busca erosionar las condiciones materiales de existencia de la población y, con ello, debilitar la legitimidad del proyecto político cubano, que ha resistido más de medio siglo las consecuencias del bloqueo y ha sido capaz, con grandes limitaciones, de mantener su autodeterminación.
Las consecuencias han sido profundas y sostenidas. La restricción en el acceso a combustibles impacta directamente en la generación eléctrica, provocando apagones recurrentes que afectan la vida cotidiana, la producción industrial y los servicios básicos.
La escasez de diésel limita el transporte de alimentos, encarece los productos y dificulta la actividad agrícola. Asimismo, el sistema de salud, uno de los pilares del modelo cubano, enfrenta dificultades para mantener equipos funcionando, transportar insumos y garantizar condiciones adecuadas de atención. Estas afectaciones son parte de la estrategia imperialista que opera sobre la vida directa de millones de cubanos.
La reciente decisión de Washington de «permitir» el ingreso de petróleo ruso a la isla definitivamente no representa un giro humanitario, como algunos tratan de presentarlo, sino una modulación táctica dentro de la misma lógica imperialista de dominio y saqueo.
En un contexto de crisis energética global agravada por el conflicto con Irán, EUA ajusta sus mecanismos de presión para evitar desestabilizaciones mayores que puedan afectar sus propios intereses. Un colapso total en Cuba podría desencadenar crisis migratorias, inestabilidad regional y costos políticos adicionales, sumado a que impedir tajantemente el paso del buque implica encarar de forma directa a Rusia, escalando las tensiones al terreno militar.
Esta aparente contradicción es una expresión de la flexibilidad del capital y de los aparatos estatales que lo sostienen. El imperialismo no opera de manera rígida, sino que adapta sus formas de intervención según las condiciones concretas. Puede intensificar el bloqueo o relajarlo parcialmente, no en función de principios, sino de la correlación de fuerzas y de la necesidad de preservar el orden global que garantiza la acumulación.
Dicha flexibilización se debe a la condición de fuerza de EUA en el plano internacional, los reveses militares en su ofensiva contra Irán, el descontento político interno y la fragmentación política de las naciones europeas que se encuentran entre la espada y la pared, lo que obligan a EUA a desescalar el conflicto.
Así, el bloqueo a Cuba y la presión sobre Irán forman parte de un mismo entramado: el de un sistema que requiere controlar territorios, recursos y poblaciones para sostener su funcionamiento. La energía, en este sentido, se convierte en un instrumento privilegiado de dominación. Regular su acceso implica regular la capacidad de reproducción social de los pueblos.
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