A inicios del siglo XXI era difícil pensar en China como una potencia mundial, normalmente se vinculaba a productos baratos y de mala calidad. La gran nación asiática tan solo alcanzaba los titulares por sus altos índices de contaminación, las falsas noticias de trabajo infantil y algún caso de uno que otro político que era condenado a muerte por corrupción. El gigante socialista, era mostrado como la deriva autoritaria a la que necesariamente llevan las políticas de justicia social.
No obstante, China comenzó a crecer de forma discreta en las esferas cultural, económica y científica debido a su planeación a largo plazo y su cumplimiento por medio de los planes quinquenales.
La llegada de Xi Jinping a la dirigencia del Estado, marcó una nueva etapa en el desarrollo económico del gigante asiático posicionándolo como la segunda economía del mundo superando a la Unión Europea. Así mismo, se eliminó la pobreza y se declaró la guerra contra el cambio climático, con una creciente calidad de vida.
La estrategia de la franja y la ruta de la seda, así como la alianza de los BRICS fortalecen un polo geopolítico en el cual China juega un papel preponderante.
Por otro lado, Estados Unidos es un imperio en decadencia que enfrenta una crisis estructural que no logra resolver. Su modelo económico, basado en la financiarización, la guerra permanente y la extracción de valor a escala global, muestra signos de agotamiento. Incapaz de sostener su hegemonía mediante el consenso, recurre cada vez más a la coerción: sanciones, bloqueos y conflictos armados.
En contraste, China ha consolidado un modelo propio de desarrollo que, bajo la dirección del Partido Comunista, combina planificación estatal, control estratégico de sectores clave y apertura regulada al mercado. Este modelo, conocido como “socialismo con características chinas”, no solo ha permitido un crecimiento económico sostenido durante décadas, sino que ha colocado al país en el centro de la economía mundial.
Lejos de la narrativa occidental que insiste en anunciar una crisis inminente, lo cierto es que China continúa expandiendo su influencia tecnológica, comercial y diplomática. Incluso en un contexto global de inestabilidad, su liderazgo apuesta por estrategias de largo plazo, como el fortalecimiento del consumo interno y la innovación tecnológica . Al mismo tiempo, ha aprovechado el desgaste internacional de EUA para posicionarse como un actor más estable en la arena global.
Este contraste revela una transformación histórica más profunda: el desplazamiento del centro de gravedad del capitalismo global y la emergencia de alternativas al orden unipolar. Mientras Washington intensifica su política de confrontación, desde Medio Oriente hasta Europa del Este, Beijing impulsa proyectos de integración económica y cooperación internacional que desafían la lógica imperial.
Desde una lectura que abarca las condiciones materiales dentro de los procesos históricos, este momento puede interpretarse como una fase de transición en la que el viejo orden hegemónico entra en crisis mientras nuevas formas de organización económica y política buscan consolidarse.
Formas de organización no exentas de contradicciones, retos y errores, pero que sin duda han logrado mayor desarrollo, distribución de la riqueza y más armonía en la relación hombre-naturaleza que en los casi 250 años de la nación que se asume como El Imperio de la libertad, EUA, hoy a punto de una implosión que busca arrastrar a quienes siguen bajo su dominio.
Así, mientras el imperialismo norteamericano se hunde en sus propias contradicciones militares, económicas y sociales, el socialismo con características chinas se proyecta como una experiencia que, con todas sus tensiones y límites, cuestiona la inevitabilidad del modelo neoliberal y abre la posibilidad de pensar en formas alternativas de desarrollo.
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