En las amenas conversaciones con los escritores de literatura infantil y juvenil, LIJ, para saber más acerca de sus prácticas lectoras, invariablemente la memoria los lleva a sus experiencias de la infancia. Y entonces, aparecen recuerdos de los cuentos contados por la abuela, los libros que había en casa, las lecturas de la escuela que marcaron algún detalle en el tiempo y que por alguna razón, lo consideran relevante en su formación lectora.
Otros escritores encontraron por sí mismos las lecturas idóneas para “construir” su propia biblioteca interior. Algunas lecturas más literarias que otras; algunos libros más relacionados con el mundo cotidiano que con la ficción. Pero hay un común denominador: la configuración de un espacio interior, a partir de la lectura, se ha ido alternando con la escritura, como niños y para niños, o siendo adolescentes y con el tiempo, escribiendo para adolescentes.
Sin embargo, cuando nos referimos específicamente a la lectura de la literatura infantil y juvenil, el espacio -percibido como infinito- de la biblioteca interior se dirige a un escenario en particular de la lectura: una configuración artística.
En palabras de Laura Guerrero Guadarrama, querida y admirada académica, fundadora de la Revista LIJ Ibero: la literatura infantil y juvenil está “viva en el mundo y creando nuevos lectores, centra su recepción en el niño, la niña y el adolescente, más no olvida su calidad artística por lo que puede ser leída por cualquier lector exigente y crítico. No obstante la lectura subjetiva o ingenua también es importante, es ese primer contacto gozoso que se disfruta en cualquier edad” (Posmodernidad en la literatura infantil y juvenil, 2012).
La particularidad del escenario que se configura en el mundo interior de los lectores de literatura infantil y juvenil, sin importar la edad, es la creación de una “escenografía” configurada en una disposición artística del lenguaje que nos permite estructurar el pensamiento como una modelo que no solamente imita la realidad, sino que le pone orden y le da sentido.
En una configuración artística de la palabra oral, visual y escrita, en la literatura infantil y juvenil, cada palabra importa como un elemento único que no podría decirse de otra manera y que al leerse en la unidad de sentido de la obra, nos apela, nos implica como co-creadores. Ya que, en nuestro espacio interior proyectamos, creamos imágenes mentales de la obra en nuestro propio mundo subjetivo.
Cuando leemos literatura infantil y juvenil desde una lectura estética, comprendiendo el orden artístico que la estructura, no solamente incrementamos nuestro vocabulario o el conocimiento por un tema en particular, o mejoramos el hábito de la lectura. Además de esos beneficios prácticos, la lectura artística en la literatura nos permite realizar una mirada del mundo capaz de estructurar, de organizar, de ordenar el lenguaje -oral, visual y escrito- para darle sentido al mundo, en la realidad y en la ficción.
Esta reflexión quizá sea una posible respuesta a la pregunta, ¿por qué un niño lector de literatura infantil y juvenil se vuelve escritor? O en otros casos, no se vuelve, específicamente, autor de literatura: simplemente, creador de modelos organizados que proyecta desde su mundo interior hacia la realidad, dándole sentido a lo que ve, escucha y lee.
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