El militar y teórico Karl von Clausewitz afirmó que la guerra es la continuación de la política por otros medios, en este sentido, cualquier conflicto armado, debe ser entendido con base en los objetivos estratégicos marcados por la política y no simplemente desde el punto de vista de las bajas provocadas o de la destrucción causada por un bando al otro.
Así, pueden existir conflictos armados donde una de las partes puede realizar un despliegue imponente de fuerza y aún así ser derrotada por la otra parte, a esto se le suele llamar una derrota estratégica.
Uno de los casos más claros es la guerra de Vietnam, donde Estados Unidos fue derrotado a pesar de que sus bajas alcanzaron poco más de 58 mil muertos frente a los más de un millón de caídos por parte del ejército del norte y la guerrilla. Esta derrota se debió a que el objetivo político de unificar Vietnam, bajo el sistema capitalista, no se logró y los yanquis se tuvieron que retirarse debido a la creciente desaprobación de la guerra por parte de sus ciudadanos, que intensificó su crisis política.
Actualmente, todo en la guerra de Irán parece indicar que Washington se encuentra en el umbral de una nueva derrota estratégica, la cual tiene varias razones de ser.
En primer lugar, el objetivo político nunca fue claro y se encuentra en constante movimiento en dependencia de las emergencias de la guerra. En segundo lugar, Teherán ha marcado una línea clara desde el comienzo y se ha preparado durante décadas para esta guerra previendo distintos escenarios bélicos. Finalmente, la comunicación entre el liderazgo yanqui y el pueblo ha sido deficiente llevando a una desaprobación sumamente elevada del conflicto.
Observemos un ejemplo concreto. Una de las demandas actuales de Washington es la apertura del estrecho de Ormuz y la eliminación del cobro en petroyuanes para quienes decidan transitar a través de éste. La presidencia ha emitido ésto como uno de sus objetivos estratégicos para declarar el fin de la guerra, sin embargo, el estrecho sólo se vio bloqueado con el inicio de las agresiones armadas. Es decir, incluso si se lograse abrir el estrecho, esta victoria sería pírrica dado que se habrían gastado centenas de millones de dólares sólo para regresar al estado anterior de las acciones bélicas.
Lo cierto es que los Estados Unidos no han logrado hacer que Teherán ceda en materia del control del estrecho ni por la presión militar, ni por la económica. A lo cual se ha visto en la necesidad de iniciar sus propias acciones en respuesta, perdiendo la iniciativa frente al conflicto. Washington ha iniciado su propio bloqueo sobre el ya existente llevándoles de esta manera a una mayor tensión frente a naciones aliadas y adversarias como lo es China. La respuesta improvisada de los yanquis ha traído mayores consecuencias negativas sobre su posición política frente al conflicto pues los ha llevado a un mayor aislamiento en esta aventura que no ha encontrado eco entre sus aliados tradicionales.
Esta improvisación se profundiza más cuando ponemos atención a cómo estos objetivos políticos se desplazan constantemente dado que un momento se presentan como un cambio de régimen, otro como el fin del programa nuclear, otro como la apertura del estrecho y, en el momento más inesperado, la destrucción total de la civilización persa. Por tal motivo, en las mesas de negociación, Washington no ha podido lograr un acuerdo favorable a su narrativa y ello le está conduciendo a la derrota estratégica que tendrá que presentar a su pueblo adornada con mentiras y distorsiones que pocos creen.
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