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Opinión

Tan lejos y tan cerca: La «victoria» de Estados Unidos

Desde el primer periodo de Trump, el imperialismo se encontra necesitado de alguna victoria para recuperar el orgullo nacional. La salida de Afganistán durante el gobierno de Biden fue más que vergonzosa y el regreso de los Talibanes al poder dejó muy mal parado a Washington frente a la comunidad internacional.

La guerra contra la Federación Rusa, librada en territorio ucraniano, se ha convertido en un atolladero para EUA y sus aliados europeos agrupados en la OTAN. El conflicto actual con Irán evidencia la debilidad de Washington y su incapacidad diplomática para conducir a la OTAN hacia un nuevo conflicto militar de gran escala.

La ausencia de victorias en el terreno militar ha sido desastrosa para la legitimidad imperialista. Sin embargo, tampoco ha logrado consolidar sus objetivos en el terreno económico y diplomático. La anexión de Groenlandia aparece más como una ocurrencia pasajera y un capricho político que como un proyecto geopolítico coherente, mientras que la imposición de aranceles ha operado más como una amenaza recurrente que como una política real de industrialización para Estados Unidos.

Consciente de esta carencia y del efecto moral que tiene sobre su base política y sobre la propia unidad del Estado, el gobierno de Trump realizó un desfile militar el 14 de junio de 2025. El evento terminó mostrando tropas sin disciplina, desmoralizadas y carentes de preparación incluso para una ceremonia de exhibición.

Más aún, en concordancia con la decadencia imperialista y la creciente subordinación del Estado a los intereses corporativos, el desfile estuvo acompañado por una multiplicidad de patrocinios privados como Amazon, Oracle, Lockheed Martin, Coinbase y Palantir Technologies, sin olvidar a la Ultimate Fighting Championship (UFC).

De igual manera, el presidente anunció la construcción de un Arco del Triunfo destinado a conmemorar sus supuestas victorias. Más que representar una hegemonía vigente, el proyecto parece expresar la necesidad desesperada de escenificar una fuerza imperial que, desde hace décadas, muestra signos evidentes de desgaste.

Frente a la incertidumbre de la política estadounidense en Medio Oriente y la posibilidad de una derrota estratégica, el presidente necesitaba exhibir alguna forma de victoria, aunque fuese únicamente ante sus propias bases sociales. Y dicha victoria no podía construirse en otro terreno que no fuera el del espectáculo.

Desde el inicio de su campaña para un segundo mandato, Trump tejió una estrecha alianza con el pódcast de Joe Rogan, antiguo comentarista de la UFC, así como con Dana White, presidente de la compañía. Esta relación no resulta casual. Una parte significativa de la base social del movimiento Make America Great Again (MAGA) consume de manera constante espectáculos asociados a deportes de combate, como la UFC o la WWE. A tal grado llega esta articulación cultural que, según reveló una investigación del Washington Post, buena parte de la inversión publicitaria destinada al reclutamiento de miembros del ICE se concentró en este tipo de espacios mediáticos, alcanzando más de 100 millones de dólares en un solo año.

En este contexto, la pelea celebrada el 9 de mayo entre el estadounidense Sean Strickland y el checheno-emiratí Khamzat Chimaev fue presentada mediáticamente como una confrontación entre el bien y el mal: el guerrero norteamericano patriota frente al terrorista árabe (sic), el mundo occidental y cristiano frente al islam. Diversos comentaristas deportivos señalaron que las condiciones del corte de peso afectaron considerablemente el rendimiento de Chimaev, dificultando su desempeño durante el combate.

A pesar de la superioridad técnica mostrada por el peleador checheno-emiratí en distintos momentos de la pelea, el cierre terminó convirtiéndose, ante una multitud que coreaba “USA, USA, USA”, en una victoria simbólica para el nacionalismo estadounidense y para la narrativa de fortaleza imperialista que el trumpismo intenta reconstruir.

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