El 16 de marzo de 1968, la compañía Charlie del ejército norteamericano entró a la aldea de My Lai, en Vietnam. Durante varias horas buscó por la fuerza a guerrilleros que no se encontraban ahí, asesinando a decenas de mujeres y niños desarmados.
Al darse cuenta de que su objetivo no estaba presente, los soldados continuaron asesinando a los habitantes con sus bayonetas y rifles; además, violaron tumultuariamente a mujeres y niñas, algunas de apenas diez años de edad. La violencia ejercida por los soldados contra la población civil desarmada evocó escenas dantescas y la saña contra los cuerpos femeninos fue particularmente aberrante.
El saldo final fue de alrededor de 500 personas asesinadas a sangre fría, en su mayoría mujeres y niños, aunque entre las víctimas también hubo bebés. Por estos crímenes de guerra solo fue condenado el teniente William Calley, quien fue sentenciado a tres años y medio de prisión domiciliaria.
La falta de castigo frente a la violencia sexual y a las demás atrocidades cometidas muestra más bien una política tácita del ejército norteamericano, que ha reproducido estas prácticas en los diferentes conflictos en los que ha estado involucrado, como lo demuestran los abusos cometidos en la prisión de Abu Ghraib durante la invasión de Irak. Quizá la masacre de My Lai sea el ejemplo más significativo, pero no por ello representa una excepción a la regla.
Ahora bien, el autoproclamado secretario de Guerra de los Estados Unidos, Peter Hegseth, anunció el 15 de julio una nueva política de pruebas de testosterona para los militares, debido a los supuestos bajos niveles de esta hormona entre las tropas.
De acuerdo con su punto de vista, los elevados niveles de testosterona permiten a los soldados alcanzar una máxima preparación psicológica y mental en situaciones de combate, por lo que propone implementar terapias de reemplazo de testosterona. Sobre ello, el propagandista de ultraderecha Jesse Watters, de Fox News, alardeó señalando que esta medida triplicará la eficacia del ejército y que los enemigos de Estados Unidos en Asia deberían tener cuidado con sus mujeres, pues «estos hombres serán animales salvajes». Esta declaración, realizada entre risas a través de uno de los medios de comunicación preferidos del régimen, valida la violencia sexual como arma en el contexto de la guerra psicológica por parte del país que promueve las mayores acciones de terrorismo internacional.
Pero no nos equivoquemos: este no es un asunto de partidos políticos. Es parte de una cultura institucional, de una política internacional y de una visión de Estado por parte del ente norteamericano. Si bien entre los republicanos esto se ha vuelto más evidente en los últimos años debido a su abierta fascistización, no podemos perder de vista que, durante el gobierno de Obama, la secretaria de Estado Hillary Clinton alardeaba, entre orgullo y burlas, en televisión nacional, sobre la sodomización del presidente libio Muamar Gadafi. En este sentido, lo que observamos es una continuidad que va más allá del color del partido en el gobierno.
No podemos calificar las nuevas políticas sobre la testosterona como un mero capricho o una simple locura del gabinete trumpista. Más bien, estas se inscriben en el contexto de la decadencia del imperio norteamericano, el cual, en su búsqueda por sobrevivir, ha caído en una espiral de fascistización institucional y social.
Ello revela lo ya señalado por el filósofo italiano Umberto Eco: que los fascistas no pueden ver en la sexualidad más que control y poder. Es por ello que una de las herramientas clásicas de guerra, la violencia sexual, se convierte ahora en un tema de propaganda oficial del régimen.
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