Hace algunos años, recorriendo los pasillos de una de mis bibliotecas favoritas, encontré con alegría un libro antiguo de 1621 escrito por Robert Burton, erudito inglés, alumno y profesor de la Universidad de Oxford. El título del libro Anatomía de la melancolía llamó mi atención y logró que dejara otros libros propios de mi carrera universitaria, por la lectura de un tratado antiguo que hablaba de las enfermedades del hombre y de los cuatro humores, propios del pensamiento renacentista: la bilis negra, la flema, la sangre y la bilis amarilla.
Dentro de la clasificación de las enfermedades, Burton menciona que la palabra melancolía, etimológicamente significa “bilis negra” y afecta al corazón y al cerebro.
Burton cita a otros autores, por ejemplo a Fracastoro (1530) para mencionar que la bilis negra afecta “el discernimiento, la voluntad y otras actividades del entendimiento” (Burton 1621, trad. por Antonio Prtnoy, 1947). Para Areteo (S. II d.C) es una “permanente angustia del alma […] Podemos decir propiamente que hay chochez, según la caracterización de Laurentio (1611)”. (Burton, 1621).
Todavía en nuestros días he escuchado la expresión “ya está chocheando” y ahora caigo en la cuenta de que “chochez” ya se usaba entre los lectores renacentistas para referirse a las afecciones de la melancolía.
De igual manera, he leído a Jean Paul Sarte en su libro Bosquejo de una teoría de las emociones (1939), acerca de la importancia de la voluntad para salir de un estado de tristeza.
Aquí es donde pregunto, ¿si la melancolía afecta la voluntad (Burton), cómo podemos ejercerla para salir de la tristeza (Sartre)?
Y entonces viene a mi memoria el pasaje del libro Si esto es un hombre de Primo Levi: “Octubre 1944. Con todas nuestras fuerzas hemos luchado para que no llegase el invierno […] Sabemos lo que quiere decir, porque estábamos aquí el invierno pasado, y los demás lo aprenderán pronto. Quiere decir que en el curso de estos meses, de octubre a abril, de cada diez de nosotros morirán siete” (Levi, 1958).
A pesar de que, en palabras de Primo Levi, se aferraron “a todas las horas tibias y cada puesta de sol”, no lloraron por sí mismos, sino por los demás, los recién llegados a los campos, quienes no tenían idea del horror que sufrirían por el hambre y el frío, sin mencionar otros asuntos.
Quizá, aferrarse a lo imposible para “cuidar al otro” implica que la voluntad está puesta en lo que sí depende de nosotros: “A Lorenzo [le] debo el estar hoy vivo; y no tanto por su ayuda material, sino por el haberme recordado constantemente con su presencia, con su manera tan llana y fácil de ser bueno, que todavía había un mundo justo fuera del nuestro” (Levi, 1956).
En este sentido, cuidar al otro no implica descuidarse, sino dejar de llorar por uno mismo y actuar con voluntad en lo que sí depende de nuestras manos, sin dejar de conmovernos por los demás, sobre todo, en aquellas situaciones que escapan a nuestra propia voluntad, por ejemplo, el frío del invierno.
¿Y cómo dejar de tener esa “permanente angustia del alma” que es la melancolía y afecta médicamente al cerebro y al corazón? Al final del tratado, Burton nos menciona algunos remedios como hacer ejercicio, comer pescados que se crían en las aguas arenosas, verduras de preferencia cocidas y frutas. “Por sí mismo. Buscar todos los medios de alivio, haciendo confidentes a los amigos, etc. Evitar todo motivo de agravación del mal. No abrir cauce a las pasiones y oponerles la mayor resistencia posible” (Burton, 1621), es decir, con voluntad.
De acuerdo con estas lecturas, la melancolía es la falta de ánimo y se mejora fortaleciendo la voluntad misma, comprendiendo lo que sí está en nuestras manos para poder cambiarlo; y ocuparnos también por los demás, hasta el punto de tener esperanza de cambiar la llegada del invierno para que los demás no tengan frío ni hambre.
Para darle un respiro de alivio al alma, cierro este itinerario de lecturas acerca de la melancolía y sus remedios con una frase: “Todo el mundo descubre, tarde o temprano, que la felicidad perfecta no es posible, pero pocos hay que se detengan en la consideración opuesta de que lo mismo ocurre con la infelicidad perfecta” (Levi, 1956).
Después de todo, el libro de Robert Burton no está alejado de lo que actualmente sabemos de la tristeza y la melancolía: comer bien, hacer ejercicio y dar lo mejor posible en cada situación, por muy adversa que parezca, fortalece nuestra voluntad hasta llegar a tocar con nuestras manos y acciones, el límite de lo imposible: detener el sol en el cielo, para que todavía no llegue el invierno.
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