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Opinión

Tan lejos y tan cerca: Ya viene la resaca del futbol…

El domingo 19 de julio acaba el evento deportivo más grande del mundo, evento mundial realizado en Norteamérica, el más grande espectáculo deportivo que presenta a las mejores selecciones de futbol del mundo. Fiesta futbolera y de malabarismos denominativos, por no pagar los derechos de transmisión y demás.

Evento que se publicita y ofrece promesas de “unidad”, pero tanto el contenido como la forma de la organización mundialista ponen en evidencia su carácter, un gran negocio que, en su actual edición, beneficia ampliamente a EUA y su presidente, Donald Trump, encargado de entregar la copa al triunfador.

Desde su nacimiento y en la actualidad el mundial se vende como un evento que une al mundo y nacionalidades, que encarna las emociones de los pueblos, un momento para olvidar los problemas…, a un costo muy alto.

Mientras juega con las emociones y la pasión que desprende un deporte que nació de los barrios, se cotiza y obtiene ganancias millonarias, una mercancía que no sólo vende los partidos, sino un sentir, una identidad, una emoción que dura mientras permita los ingresos de los organizadores y sus socios.

La “pasión colectiva”, el “orgullo nacional” o la “fiesta global” parecen más mecanismos de escape, válvulas que nos permiten soportar la pesada carga de la realidad, mientras los negocios de los grandes consorcios rinden cuantiosas ganancias.

Este año, el evento futbolístico destacó por evidenciarse con mayor fuerza en su carácter mercantil y político, porque a pesar de que sus normas prohíban cualquier emisión de mensaje político, el organismo, desde su creación ha sido parte de los negocios y la política internacional, principalmente reaccionaria.

Estadios sin el alma del populus, prohibiciones para defender sus marcas y garantizar sus ventas, derechos de transmisión, costos exorbitantes, experiencias premium para quienes pueden pagarlas.

Todo termina sirviendo a las ganancias privadas, mientras el espectáculo se dosifica, y es completo en la medida que pagues por tu acceso presencial, televisivo o digital.

Vivimos la gran fiesta y la pasión, el desahogo, la catarsis, la expulsión de la furia y las emociones reprimidas donde no son amenazas políticas, festejos que salen de control, ahí donde la realidad cotidiana del asalariado se “libera” en su satisfacción instintiva.

Los grandes medios nos reiteran que somos un solo país, que no existe desigualdad, que todos festejamos, que debemos dejar de lado lo doloroso; ignorar a los desaparecidos, las injusticias, la violencia, la explotación, para no ser aguafiestas, para no “dividir”.

Pero la resaca siempre viene fuerte, la de la deuda pública, la de las condiciones para la realización del mundial, la de la derrama económica para los grandes monopolios, principalmente, la de las deudas por la mercancía para “disfrutarlo”.

Y aún en los espacios cerrados, controlados, de su voracidad mercantil, de la imagen inmaculada del torneo, sus socios y representantes, ecos de resistencia escapan, unos pocos minutos para desenmascarar su carácter dinerero.

Los pequeños espacios que quedan o que se arrebatan son faros de resistencia, de denuncia y una muestra de las contradicciones, del carácter político del futbol, donde el balón rueda por momentos del lado del público.

La representación de Patricio Lumumba como símbolo anticolonialista, de un país y un continente sumamente herido, pero presente; el apoyo del director técnico de Egipto Hossam Hassan al pueblo palestino con bandera en mano y recordando que “si alguien nunca ha sentido el sufrimiento del pueblo palestino, le falta humanidad” o el señalar que el fair play que se promueve es adecuado (ya en duda por el resultado de Egipto-Argentina), pero que “queremos esa justicia en la vida y queremos respeto por los seres humanos, y justicia para que todas las naciones vivan en paz”.

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