Desde hace años nuestro país se encuentra en una constante crisis ambiental, cada vez más inocultable y peligrosa para los mexicanos en términos de la propia existencia.
La defensa el medio ambiente en México se ha traducido en múltiples víctimas a manos de la depredación y el poder el dinero, ambientalistas asesinados, presos o desaparecidos, reservas naturales depredadas y comunidades sacrificadas.
Por ello es de extrañar que un gobierno que se presentó como ecologista reproduzca las mismas maniobras y mecanismos de despojo en las vulnerables zonas naturales de nuestro territorio.
El anuncio de una nueva Ley del Equilibrio Ecológico y la Protección al Ambiente el mes pasado dejó más dudas e inquietudes que certezas, por la actitud de la Secretaría del Medio Ambiente que ha beneficiado a empresas de turismo y recreación por encima de las comunidades y pueblos, más aún, de los espacios naturales que aún nos quedan en México.
Por más ecológico que sea el discurso, los beneficios se han otorgado al extractivismo bajo el paradigma de la inversión privada, como el caso de Topolobambo en Sinaloa, donde la empresa Gas y Petroquímica de Occidente intenta construir una planta de amoníaco en la Bahía de Ohuira.
Las minas en Morelos, en Esperanza del Valle de Tetlama; el propio corredor transísmico o los nuevos parque industriales que se presentan como polos del bienestar. Infraestructura que beneficia al interes privado, al mismo estilo que los viejos planes neoliberales, fracking ecológico, en manos de empresas canadienses.
El extractivismo y el turismo de élite se promocionan como caminos para el desarrollo, se presume la inversión privada como expresión de progreso, diferentes formas pero misma lógica a la de gobiernos anteriores, al final el negocio se mantiene privado, las comunidades ignoradas o compradas con minucias, mientras cargan los desechos y contaminantes del desarrollo capitalista.
Como la contaminación extrema en la zona de Tula, Hidalgo, que genera enfermedades crónicas, cáncer y demás problemas de salud a sus habitantes; el río Lerma y el Grijalva, donde se han detectado altas concentraciones de metales pesados y esde ace décadas existe un alta tasa enfermedades como la esquizofrenia; la región de la mixteca poblana, con sus manos acuíferos contaminados, pero con anchas y balones de basquetball.
Y no decimos que el problema sea el desarrollo tecnológico o la producción, si esta está en función de satisfacer las necesidades de los mexicanos, teniendo en cuenta el impacto y la reproducción de las zonas naturales; la verdadera contradicción es el despojo legal o ilegal que beneficia al interés privado, donde lo que reina es el mundo de la ganancia desmedida, del poder privado y monopolista.
La defensa del «libre mercado» conduce a concebir todo lo existente como algo ajeno al ser humano, por tanto, mercable. El pensamiento capitalista coloca todo lo que somos y nos rodea en términos monetarios, nos despoja de nuestra condición de seres naturales, como parte de la naturaleza y producto de ella.
A pesar de ello, persiste la resistencia, la lucha por la defensa del territorio, de los bosques, de las reservas naturales, de formas nuevas de relación, construcciones colectivas a contracorriente, con diversas problemáticas y aprendizajes, pero latentes.
La lucha contra la voracidad empresarial no es exclusiva de las zonas rurales, cada vez más absorbidas por las metrópolis y los proyectos de construcción de zonas industriales, cada uno es responsable de mantener y fortalecer nuestra relación con nuestro medio ambiente, pero esto será incompleto si no analizamos y discutimos qué genera dicha voracidad, rapacidad y despojo, ¿Qué tanto cada uno de nosotros lo reproducimos y que tan dispuestos estamos a construir espacios colectivos y de resistencia frente a la voracidad del poder el dinero?
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