Cuando pensamos en la palabra leyenda, desde el punto de vista tradicional, nos remitimos a la recopilación de los relatos de otros tiempos, e incluso, se puede pensar que el género mismo ya no es propio del mundo actual. Sin embargo, la leyenda sigue siendo una creación viva en la oralidad,foto: la escritura, la poética gráfica y el cine.
Un ejemplo de leyenda escrita, propia de la imaginación creativa del siglo xxi, es el libro Topiltzin. La leyenda del lucero de la mañana (2009) de Brenda Olvera. De entrada, la inclusión de la palabra “leyenda” en el título implica una alusión clara a este género.
Y aunque en el terreno de la opinión poputopolar, se considera a la leyenda como una forma simple (André Jolles, 1929), este libro es una narrativa compleja, cuya extensión pone entre comillas, el concepto de este género como menor; ya que, su lectura es extensa (258 páginas), más parecida a una novela que a un relato corto.
La trama se centra en el viaje heróico del personaje de Topiltzin, pequeño príncipe, quien habrá de convertirse en Kukulkán, bajo el presagio de las estrellas. Y aunque el tema es de corte tradicional con alusiones claras a la cultura prehispánica, en el relato no hay una oposición binaria entre el pensamiento primitivo y el civilizado. El carácter de lo tradicional en este texto es la estructura mítica, es decir, el sentido de lo sagrado en el relato. En otras palabras, la nostalgia de un tiempo sin tiempo, que se repite una y otra vez en los relatos.
La forma de la leyenda como narración implica la repetición de lo eterno en lo humano: “Por varias generaciones los niños de la familia recibían al amanecer sobre la playa esperando el regreso de Kukulkán. Él había prometido regresar y siempre fue un hombre de palabra. Tan sólo tenían que esperar” (Olvera, 2009).
Una de las acciones principales del libro es la huida de Kukulkán -también llamado Quetzalcóatl- a Tillan Tlapallan. Esta acción puede interpretarse como la destrucción y el abandono de Tollan, debido a la decadencia de los toltecas. Sin embargo, la interpretación mítica nos remite a otra lectura: la muerte del personaje, aludiendo a la caída del sol, y a su renacer como estrella de la mañana.
A diferencia del rey-sacerdote al que se refiere el Códice Florentino, el personaje del texto de Brenda Olvera no es un anciano, sino un niño, hijo de Mixcóatl, rey de Tula. En la noche de su nacimiento, los seres más espirituales de la ciudad se reunieron para otorgar sus dones y acompañarlo durante la primera parte de su vida.
Este libro extenso no alude, simplemente, a una anécdota legendaria; sino que, es una leyenda en sí misma. El personaje del héroe mítico es una figura importante para una comunidad antigua y también, para la identidad mexicana.
Pero más allá de la recopilación de relatos tradicionales orales y escritos, que resguarda y transmite este libro, la escritura extensa y compleja del relato nos permite pensar cómo un género tradicional se actualiza en la imaginación creativa del siglo xxi.































