Entre la música y la palabra hay una estrecha relación de estructura y sentido. Los niños aprenden palabras cantando. Y a través de las canciones aprendemos a interpretar el mundo que nos rodea.
Referente al arte, Aristóteles reconoció la relación entre la música, la danza y la poesía. Y también identifica la manera de aprender de los niños a través de la imitación del habla y de la ejecución del arte mismo.
A lo largo de la historia de la cultura, podemos identificar ejemplos acerca de esta relación particular entre la música y la palabra, pero uno de los ejemplos más cercanos, quizá por los referentes que marcaron la percepción que tenemos del mundo contemporáneo después de la Segunda Guerra Mundial, es la propuesta del Método Suzuki para aprender música, basado en la Educación del Talento.
Ante la experiencia de la devastación provocada por la guerra y el efecto negativo en los niños, un violinista japonés, Shinichi Suzuki, observó el mundo y tomó lo mejor de sí: la música y el talento.
Suzuki observó el ánimo decaído de los niños de su nación, pero también observó que los niños japoneses aprendían a hablar bien, por muy difícil que fuera la pronunciación o la estructura lingüística de su dialecto. Y analizó cómo los niños de todo el mundo “crecen con un método educativo perfecto: su lengua materna” (Educados con Amor,1983).
Suzuki sabía que la belleza de la música y la práctica misma por aprender a ejecutar las formas musicales, acompañadas de notas que producen alegría en el ser humano como la música de Mozart; podían educar una generación de niños talentosos con “perseverancia, energía y paciencia” (1983).
De acuerdo con el modelo de Suzuki, el talento no depende de las aptitudes naturales con las que nacemos, sino de la práctica y el entorno en que nos educamos. Para desarrollar un talento, primero se enseña el conocimiento y luego se maduran las capacidades.
Suzuki motivó a sus alumnos, desde los más pequeños de cuatro años, hasta los más grandes, a escuchar diariamente el modelo de música que se espera aprender y llegar a ejecutar. La práctica diaria requiere seguir el modelo correcto, para evitar que la propia estrategia de repetición desarrolle capacidades mal aprendidas.
Por su relación directa con el aprendizaje de la lengua materna,podemos pensar que el talento por las palabras -en su lectura, escritura y habla-, también lo podemos desarrollar con las prácticas adecuadas para potenciar el talento de la poesía o la oratoria, por ejemplo.
Pero, “de ninguna manera, son solo palabras o música lo que el niño absorbe, sino también, todo lo demás, sea bueno o malo” (Suzuki,1983). Por eso es necesario cuidar los ambientes de los niños para crecer y aprender.
El modelo propuesto por Suzuki no se limita al aprendizaje del arte y la relación entre la poesía y la música, sino al individuo que cada uno de nosotros puede llegar a ser. Ya que, en sus propias palabras: “la personalidad de cada ser humano, su capacidad, su forma de pensar y sentir, son cinceladas y esculpidas por la práctica y el entorno. Ello se ve en los ojos y en el rostro de cada persona” (1983).
Aprender del pasado, en un contexto de guerra, nos mueve a reflexionar acerca de la humanidad misma. Pero también nos invita a mirar los modelos del pasado que han formado niños que miran al mundo desde la belleza de la música, la palabra y la perseverancia.































